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domingo, 1 de febrero de 2026

El amor después del amor


Alguna vez lo tuve todo, pero dudé. No estaba preparada para esa responsabilidad. Me asustaba el largo plazo, la estabilidad y la idea de que siempre puede haber algo mejor. Me equivoqué no solo por dudar, sino por la forma en que salí de ese lugar. Volvía una y otra vez como las réplicas de un temblor que desacomodan todo y algunas veces destruyen mucho más que un terremoto. Me di cuenta de que mientras más grande me hacía, más miedo me daba la vida en pareja. Esa absurda idea de tener que compartir tu espacio personal con un hombre, más allá de encuentros frecuentes no tenía lógica en mi cabeza. Por eso me fui.

Me decía a mí misma que antes de tener una relación debía conocer el mundo. Encontrar mi propio camino porque me daba terror depender de un hombre y que éste haya vivido mucho más que yo. Hice casi todo lo que había planeado en mi maldita mente siniestra de 20 años. Viví sola, viaje a varios países, me tiré a media ciudad, tuve trabajos increíbles y descubrí que lo que realmente quería hacer en mi vida era escribir. Pasó casi una década para poder darme cuenta de todo eso. 

Mientras tanto, la única persona a la que le había dicho «Te amo» continuaba con su vida sintiendo un profundo rechazo hacia mí. Nunca sabré todo lo que hizo durante esos años, tampoco quiero saberlo. Digamos que si tuviéramos que contar nuestra historia de amor, esa etapa sería un gran paréntesis vacío. Ambos avanzamos, pero a mí me gustaría que volvamos a encontrarnos, que volvamos a intentarlo, aunque me esté muriendo de miedo porque no creo poder lograr sostener esas responsabilidades de adultos que tenemos que asumir ahora. Me destroza no darme cuenta de que hemos crecido y que ya no podemos pensar solo en besarnos y tirar a todas horas del día. Me destroza pensar que si queremos estar juntos tenemos que pensar en el dinero y en contratos de trabajo. 

Realmente quiero intentarlo, pero me doy cuenta de que solo soy una ridícula mujer en sus treinta que todavía quiere disfrutar del amor como cuando tenía veinte años. ¡Qué incongruencia!



lunes, 17 de agosto de 2020

Decisiones en medio de un pandemia


La idea de una ausencia impuesta resulta paradójica en medio de esta pandemia. Mucho más si nos enfocamos en el campo del amor, pues solemos pensar que quien no está presente es porque no tiene ningún interés hacia nosotros y no, necesariamente, porque se lo han impuesto. Sin embargo, la crisis sanitaria que estamos viviendo hoy nos ha revelado otra cara de esa ausencia. Mensajes como “porque te quiero me distancio” o “yo me quedo en casa para protegerte” nos hacen reflexionar sobre la importancia y responsabilidad que implica no estar presente físicamente con las personas que más nos importan. 

La naturaleza del virus que nos ataca hoy pone en cuestionamiento una de las creencias más arraigadas y populares de todos los tiempos: la necesidad del contacto físico como un elemento indispensable para demostrar afecto. Esto podría haber sido posible en un escenario en donde la tecnología no estuviera en su punto más álgido, pero esto no sucede en nuestra realidad. La masificación del black mirror nos sirve como un gran aliado para aliviar las ausencias físicas. Videollamadas, mensajes de texto y correos electrónicos son algunos sustitutos con los que podemos suplir esa ausencia impuesta.

Sin embargo, dentro de todo ese abanico de posibilidades que nos brinda la tecnología, solo hay algo que jamás podrá ser sustituible: una caricia. Ese delicado contacto que lo dice todo sin necesidad de recurrir al lenguaje o la mirada; más potente que una videollamada o un like en alguna red social. La tecnología jamás estará preparada siquiera para someterse a la búsqueda del sustituto de una caricia. Y es ahí, en medio de esta “nueva normalidad” en donde muchos nos cuestionamos ¿cuánto tiempo más estaré dispuesto a esperar por una caricia? 

El pensar que muchas personas ni siquiera podrán cuestionárselo porque ya no tienen a nadie nos revela dos caminos contrarios por los que podemos transitar. El primero implica arriesgarse y arriesgar a los demás con el fin de satisfacer una necesidad; el segundo, implica resignarse al confinamiento, mantenerse a salvo e intentar suplir con lo que se pueda esa ausencia. En ambos casos, lo único que importa es que las decisiones que se tomen estén basadas exclusivamente en el amor. De lo contrario, la satisfacción de esa necesidad o el confinamiento no tendrán ninguna razón de ser.


martes, 22 de octubre de 2019

Reseña "La Revolución y la Tierra"



El documental dirigido por Gonzalo Benavente “La revolución y la tierra” ha sido una de las grandes revelaciones audiovisuales del 2019. En la conmemoración de los cincuenta años de la Reforma Agraria de Juan Velasco Alvarado resulta de mucha importancia poner sobre el ojo público las grandes transformaciones que se desprendieron de su ejecución: la abolición del servilismo indígena perpetuado por los grandes hacendados y la justa redistribución de propiedades agrícolas.

Esta reseña no abordará en específico los hechos cronológicos de la Reforma, pues existe una extensa bibliografía sobre el tema. Lo que me interesa hacer aquí es analizar cuál es el discurso histórico y audiovisual que subyace al documental. Es necesario considerar dentro de este análisis un componente determinante en la narración, ya sea histórica y/o audiovisual: la objetividad. Es muy común que la gente que recurre a leer libros de historia y ver documentales busca encontrar la verdad absoluta sobre algún hecho específico. Sin embargo, se olvidan de que la verdad, por sí misma, es subjetiva y está condicionada por otros factores como las experiencias personales, la formación educativa, las orientaciones políticas, etc. que, finalmente, son los elementos que validan como verdadera o falsa la información en cuestión. En ese sentido, es desde esta perspectiva que debemos mirar el documental de Benavente: no como un cristal que nos revelará la verdad sobre los efectos de la Reforma Agraria o sobre el mismo gobierno de Velasco, sino más bien debemos prestar atención a los recursos que nos presenta: las fuentes de información que utiliza, la intención con la que nos la presenta y, sobre todo, qué valoración le damos nosotros mismos a todo ello.

El documental inicia con un recuento de la situación del indígena campesino desde la época colonial hasta los primeros años de la república del siglo XX. Es interesante ver la explicación de esta transformación de la mano de investigadores como Nelson Manrique, María Isabel Remy, Antonio Zapata y Enrique Mayer quienes concuerdan en que el indígena ha atravesado una situación de opresión y esclavitud desde muchos siglos atrás. Se deja claro que esta condición tiene raíces históricas y no aparece como un cuento que se le ocurrió a Velasco.

Para graficar este escenario, Benavente incluye extractos de películas realizadas en el contexto de la Reforma Agraria que fueron dirigidas por reconocidos cineastas como Fico García, Nora de Izcue y Armando Robles Godoy y que parecían haber quedado en el olvido hasta el día de hoy. Este recurso es el que más ha destacado a lo largo del documental porque en muchos casos tiene como protagonistas a los mismos líderes campesinos como Saturnino Hillca en Runan Caycu y nos permite comprender de una forma más cercana la situación que se vivía en ese contexto. La inclusión de estas cintas ha sido definitivamente un punto a favor de este documental, no solo por lo ya mencionado, sino porque pone en valor películas que fueron censuradas en su época o simplemente se dieron por perdidas.

Con el panorama presentado sobre la situación del indígena, el documental prosigue con la sucesión de gobiernos que se incluyen dentro de la llamada “República Aristocrática” que mantuvo la condición de opresión de los indígenas por muchos años más. Los investigadores entrevistados también coinciden y respaldan esta afirmación. Sin embargo, el discurso del documental cambia con la llegada al poder del Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas de la mano de Juan Velasco Alvarado, pues se intenta demostrar que hubo un antes y un después en nuestra historia. Benavente es muy claro en afirmar que su documental acepta el cariz transformador del gobierno de Velasco no solo con la Reforma Agraria[1], sino también con la Reforma Educativa del 72. La opinión de los entrevistados también se vuelve unísona y concuerdan en la huella transformadora del Gobierno RRFFAA. Hasta este punto se podría pensar que el documental es una apología a Velasco y su gobierno, pero no. No es así.

Con el debate en torno a los efectos de la Reforma Agraria se puede evidenciar que el documental intenta presentar los puntos positivos y negativos al momento de su ejecución. Es preciso mencionar que se resalta las nefastas consecuencias que dejó la Reforma en la economía, pero también el gran cambio que hubo en la condición del campesino indígena y su liberación del yugo de los grandes hacendados. Benavente intenta mostrar los dos lados de la moneda, pero sus recursos resultan un tanto insuficientes si consideramos que no presenta las voces de todos los actores involucrados: el Estado, el campesinado y los exhacendados. Se presenta solo el testimonio de dos de las partes: la del campesinado con la representación de Zósimo Torres, dirigente de la Hacienda Huando y la de Hugo Blanco; la del Estado con Héctor Béjar y Morales Bermúdez, pero ninguna opinión de los ex hacendados. No quisiera especular sobre las posibles razones de esta ausencia ni tampoco desmerecer el gran intento por evidenciar a las voces del campesinado, pero considerando que la Reforma Agraria se llevó a cabo hace cincuenta años y que muchos de sus protagonistas ya deben haber fallecido, sí habría sido interesante recuperar las voces de este grupo.

En líneas generales el intento de Benavente ha sido muy fructífero por los recursos muy bien trabajados que presenta tanto a nivel audiovisual como histórico. Considero que la presencia de los investigadores ha sido variada, incluyendo a la nueva generación que se dedica al estudio del gobierno de Velasco. Así también, el contenido audiovisual ha sido extraordinario por la revalorización del cine social de la década de los 70. Sin embargo, más allá de las cuestiones “técnicas” del documental creo que lo que se debe rescatar es que haya otras plataformas que se interesen por abordar un tema histórico tan controversial. Ahora que vivimos en un mundo con más acceso a la información resulta paradójico que sea el cine una de las vías para poner a debate un tema que quedó recluido al círculo académico. Con el documental de Benavente el acceso a este tipo de información es más amplio, pero podría llegar a mucha más gente si se proyectara en los lugares que hoy aglutinan a los descendientes directos del campesinado que pudo emanciparse con la Reforma de Velasco.



* Si alguien está interesado en ver algunas de las películas que se incluyeron en este documental he visto que Nora Izcue tiene un canal en youtube con algunas películas colgadas. No sé si sea oficial, pero igual ahí se las dejo: https://www.youtube.com/channel/UCWV1z0oBzLyIY3JCKeRl4Tg/videos



[1] Esto se evidencia al leer la sinopsis de la película “La ley de Reforma Agraria de 1969 marcó un antes y un después en los rostros y en las historias oficiales de nuestro país (…) A 50 años de los experimentos sociales de la denominada “Revolución peruana”, toca preguntarnos si realmente el Perú se jodió o no con Juan Velasco Alvarado”.


MIRA LA RESEÑA EN VIDEO AQUÍ:




miércoles, 4 de abril de 2018

El discurso del bicentenario durante la era Kuczynski


Cuando Kuczynski asumió el poder en el 2016, todos pensamos que sería el presidente con el que recibiríamos el bicentenario en el 2021; sin embargo, su destino político tomó otro rumbo. Con dos procesos de vacancia a cuestas y la constante tensión política con la oposición, el camino de PPK se hacía cada vez más endeble y terminó renunciando a la presidencia mucho antes de que su mandato acabara.

Aunque todavía faltaban tres años para celebrar el bicentenario de la independencia, el gobierno de PPK se preocupó por ir trazando el discurso político de esta celebración a partir de los sucesos que, paradójicamente, llevarían a la caída de su gobierno. Como lo revelan las experiencias pasadas del centenario y el sesquicentenario, el bicentenario no estaba exento de tener un discurso en el que la clase política quisiera sacar provecho. Sin embargo, PPK dio un paso más trascendental y aprovechó el sentido de la celebración para justificar algunas de las decisiones más controversiales que se tomaron durante su gobierno.

La primera de ellas fue el indulto humanitario que se le dio al ex presidente Alberto Fujimori condenado a 25 años de prisión por violaciones a los derechos humanos que tuvieron lugar durante su gobierno. El 24 de diciembre pasado, en un inesperado mensaje a la nación PPK justificaba esta decisión así:

"Las heridas abiertas solo podrán curarse a partir de un esfuerzo reconciliador y de una voluntad de la que todos debemos formar parte. Tenemos que persistir, persistir y persistir para llevar a nuestro país a un bicentenario fraterno, de paz y de prosperidad.” 

Con estas palabras, PPK nos invitaba a ser parte de un bicentenario fraterno basado en la reconciliación que suponía dejar en libertad a un condenado político. ¿De qué manera el indulto podía generar “fraternidad” si se hacía de una manera tan descarada? Apelar a la supuesta “gracia presidencial” tampoco era justificación, pues hoy sabemos que fue parte de un negociado político para evitar una posible vacancia. Creer que la liberación de Fujimori nos llevaría a un “bicentenario de paz” era anular todos los procedimientos legales y contractuales que hemos adquirido como nación a lo largo de casi doscientos años de vida independiente. La sola condena de Fujimori fue un claro ejemplo de que como país podíamos hacernos cargo de tomar justicia por las vías adecuadas y respetando los procedimientos requeridos. Al fin y al cabo, ese es el sentido del bicentenario: demostrar lo que aprendimos; respetar nuestros acuerdos y proponer soluciones, más que solo dejar pasar los “conflictos”.  De haber tomado las decisiones correctas, PPK no tendría por qué habernos pedido un esfuerzo reconciliador y el camino a la celebración del bicentenario habría sido un poco más decente.

Unos meses después del indulto, el país volvió a sumergirse en una crisis política de la cual PPK no pudo recuperarse más. El partido Fuerza Popular, al fiel estilo de Vladimiro Montesinos, publicó unos videos en el que, aparentemente, se veía a congresistas comprando votos en contra de una nueva vacancia para PPK. Tras la revelación de este material que tuvo como protagonistas a personajes del gobierno como Bruno Giuffra y congresistas “aliados” como Kenji Fujimori, PPK decidió renunciar a la presidencia del país con otro mensaje a la nación:

Esta confrontación política ha creado un clima de ingobernabilidad que hace un enorme daño al país y no nos permite avanzar, situación especialmente lamentable si advertimos que nos encontramos ad portas del bicentenario de la República y que tal acontecimiento debería merecer la unidad de todos los peruanos”

Si bien el bicentenario es una fecha de celebración en la que valoramos los progresos y dificultades que hemos tenido como nación independiente, su sentido no se basa en fomentar la “unidad” de los peruanos; “unidad” que, vale la pena resaltar, está supeditada a la larga lista de acontecimientos bochornosos que ocurrieron desde que PPK llegó al gobierno. Atribuir el sentido de unidad al bicentenario es romantizar la idea de nación, obviar la realidad de un país desigual y de una clase política que no representa a nadie. 

La idea de un bicentenario reconciliador, en el que todos los peruanos nos demos las manos y pasemos por alto el indulto a Fujimori, los escándalos de corrupción asociados a Odebretch, la supuesta compra de votos en contra de una vacancia presidencial y otros casos más es errada. El sentido de esta conmemoración debería ser saludar nuestros progresos, pero también aceptar nuestros errores y trabajar en solucionarlos para revalorar así nuestra condición de nación independiente.


La era de Kuczynski acabó, pero comienza la de Vizcarra quien parece presentar una visión más conciliadora del bicentenario. Esperemos que su gobierno pueda devolverle al país la posibilidad de ejercer su libertad política y lleguemos al bicentenario con mayor entidad. A continuación, dejo un extracto del discurso de juramentación de Vizcarra en el que muestra sus primeras interpretaciones del camino que debemos recorrer hacia el bicentenario:

“Estamos llegando al bicentenario de nuestra patria en una situación de inestabilidad y de zozobra institucional que ningún peruano podría desear. Llegó el momento de decir basta, los graves acontecimientos que se han conocido en los últimos tiempos ameritan que se esclarezcan responsabilidad y que cualquier tipo de irregularidad cometida sea penada como corresponde La justicia deberá actuar con independencia, responsabilidad y celeridad, pero al mismo tiempo, lo que ha sucedido debe marcar el punto final de una política de odio y confrontación que no ha hecho otra cosa que perjudicar al país”


lunes, 26 de diciembre de 2016

Crítica navideña: ¿por qué debes dejar de evidenciar tu ayuda social?

Mundialmente, el sentido de la navidad es “compartir” no sé si sea gracias al spot de Coca Cola o que realmente la doctrina católica haya calado en el imaginario de la gente. El punto es que, estas fechas, más que nunca, nos lleva a la unión familiar, al compartir y a desligarnos de lujos y exageraciones para optar una actitud más reflexiva. No faltan nunca las chocolatadas y padrinazgos de regalos organizados por las grandes empresas que escogen poblados más pobres para dar un servicio ayuda social. Confieso haber participado de tales actividades en las que se va a una comunidad llevando regalos, chocolates y panetones para repartir a diestra y siniestra. Sin embargo, algo que nunca me gustó fue la necesidad de evidenciar esta ayuda en las redes sociales. Gente con cámaras grabando a los niños beneficiados con los juguetes y/o comida y pidiendo que “agradezcan” y sonrían para las fotos. ¿El resultado? Fotos de personas contrariadas, confundidas sin saber qué cara poner.

¿Es que acaso ese es el verdadero sentido de la celebración? ¿Realmente ayudamos o el hecho de regalar ayuda a nuestra autoestima? Recuerdo que años atrás me gustaba ir a estas actividades, preparaba el chocolate, ordenaba a los niños para la entrega de regalos, me gustaba porque me hacía sentir útil para algo. Pero de aquí a unos años me ha ganado el asco de ver cómo la gente presume en las redes social su ayuda voluntaria. Fotos con pies de páginas “#Ayudar #NavidadEsCompartir” la verdad que son insufribles. Es que realmente trato de entender qué puede pasar por su cabeza para fotografiar esos momentos que deben estar desligados del beneficio personal. Obviamente, esto es una retroalimentación: dar un regalo, más allá de hacer sentir bien a la persona que lo recibe, genera un sentimiento de bienestar a quien lo da. Pero estas personas no se quedan con esta satisfacción – que hasta cierto punto es entendible–; ellos sienten la necesidad de mostrar al mundo su bondad, su falsa e interesada ayuda.

Desde el otro lado, los que reciben están acostumbrados a esperar cada año la llegada de la caravana con regalos y comida que probablemente sea lo único que reciban en estas fechas, gracias a la ineficiencia de un gobierno centralizado. A cambio de regalos, los organizadores piden fotografías, videos, snapchats, etc. rebajando y humillando a los beneficiados para dejar en claro que ellos están a favor de la ayuda social. Para mí no está mal el que se realicen estas actividades –aunque haya un gran debate acerca de las consecuencias negativas que se desprenden como la dependencia o fomentar la mendicidad– pues con todo y defectos se realizan ciertas veces al año y como dirían una vez al año no hace daño. Lo que realmente jode es que hagan alarde de esto. Si vas a un lugar a ayudar pues hazlo en silencio. Siéntate y conversa con las personas sobre cómo es su día a día y busca una manera viable de solucionarlo, porque darle un regalo no lo hará. Que estas actividades sean la excusa perfecta para compartir recursos duraderos, ideas de emprendimiento que fomenten la actividad: estas personas no necesitan regalos, necesitan un programa que los impulse a salir de la pobreza. Por lo tanto, todas las fotos que puedas subir a Facebook o twitter con la excusa de evidenciar la pobreza de un lugar, no solucionará nada; lo único que hará es generar miles de like a una persona que creyó que la ayuda material es lo único que podemos compartir en estas fechas. Terrible error.

Merry Cristmas








jueves, 24 de noviembre de 2016

El desencanto de las Letras

Este es mi último semestre en la Facultad. Así que decidí buscar un empleo algo más digno para un egresado. Estuve más de 1 hora navegando en la internet, revisando páginas que ofrecen anuncios de campo laboral. Me dije, vamos a intentarlo, sin recordar que hacerlo es como buscar una aguja en un pajar. Es difícil para aquellos que estudiamos una carrera de Letras, pero no pueden decir que al menos no lo intentamos. Me creé una cuenta, rellené todos mis datos, adjunté mi escueto CV y me sumergí en la búsqueda. Comencé insertando la palabra "historia", no salió nada en ninguna de las cuatro páginas que estaba revisando. Intenté luego con periodismo/ prensa, salieron dos y ninguna era relacionada a publicar notas en algún periódico, sino más que nada una cuestión audiovisual. Luego escribí letras/ redacción /redactor. El resultado fue penoso, solo encontré una "oportunidad laboral" en una Editorial, cuyo requerimiento era una persona que redactara notas de prensa. Entonces me pregunté si debería comenzar a preocuparme porque no había nada para los deseosos de publicar algún escrito. Me respondí que no, que quizá estaba buscando en el lugar equivocado, porque ¡vamos! esas páginas capitalistas, asociadas a empresas capitalistas buscan gente que haya estudiado una carrera capitalista. ¡Pero qué concha!, me dije, debe haber otro lugar en donde buscar. Solo ahí caí en cuenta que ese lugar son más bien puertas que tocar, pies que besar o flores que regalar. Un oficio de Letras no lo vas a encontrar en esas páginas de empleo, lo más probable es que se encuentre allá en la oficina de algún profesor que necesita un ayudante de investigación; o en el de un escritor que necesita que le hagas la corrección de estilo o de un periodista que te pide ayuda para redactar notas de prensa. ¿Ahí están nuestras oportunidades laborales, amigos? ¿Deberíamos comenzar a preocuparnos ahora?

domingo, 10 de enero de 2016

20 años, la edad de la confrontación

Tenía muchas ganas de escribir, pero cada vez se vuelve más difícil cuando escribir es tu trabajo: pierde un poco el sentido. También soy consciente de que escribir puede entenderse o como ‘teclear’ o como ‘crear’, no siempre es lo mismo y lo segundo resulta complicado después de haber estado tecleando mecánicamente por muchas horas. Sea lo que fuere decidí que escribiría en mi otro blog en donde abordo la ‘problemática nacional peruana’, recién estoy empezando, así que nadie lo lee; sin embargo, me moría por escribir sobre el panorama electoral del país y el peso determinante que tenía el electorado. Al final no fluyó nada, me di cuenta que el tema había sido muy tocado y que aún no tenía la experiencia necesaria para hacerlo. Decliné como en muchas otras cosas de la vida. Pero esto me dio la oportunidad de poder regresar aquí con algo más elaborado con una reflexión mayor que creo que podría interesarles leer.

Hace un par días revisando mis planes para este año: viajar, sí viajar muchísimo; estudiar mucho; escribir en demasía y armonía y darle más tiempo al amor, me consternaba la idea de que había planificado casi todo para este año bajo una absurda idea de que el tiempo se va cada vez más rápido. Ya no tengo más 20 años, ahora tengo 22, camino a 23. Los planes que hice a los 16 aún están a medio camino y me aterra un poco la idea de que jamás lleguen a cumplirse. Las fronteras generacionales vislumbran un gran camino, me veo reflejada en mis alumnas de 16 años, yo era igual, pero a mí nadie me dijo: sal ahora, diviértete, anda a la playa, hazte los piercings que quieras, ¿quieres tatuarte? Hazlo ahora, porque cada vez se pone más difícil, no imposible, solo difícil. Me pregunto qué cosas de aquella lista jamás llegaré cumplir y la respuesta aún no es clara porque tengo la esperanza de poder hacer todo aquello que me propuse


20 años es casi la cuarta parte de nuestras vidas. Le temo a la muerte y por eso deseo hacer de todo mientras estoy con vida. Me aterra la idea de llegar cara a cara con la  muerte, que mientras me quite cada respiro, me recuerde todo aquello que no hice: no tienes ningún tatuaje, nunca hiciste el Camino Inca, nunca te publicaron nada… No. La desesperación es más fuerte, así que aunque 20 años les parezca mucho, numéricamente no lo es. Es la edad perfecta para empezar a vivir, para empezar a diseñar y planear; es la edad de la confrontación. ¿De qué vale una vida sin experiencias, sin emociones? He decidido sufrir, temer, llorar, ser feliz, estar desanimada: he decidido apropiarme de las emociones, porque todas estos son los resultados de lo que hemos hecho a lo largo de nuestra vida. ¿Por qué esperar 20 años más?

domingo, 22 de noviembre de 2015

Mesa Redonda

Probablemente, en muchos países de América Latina exista un lugar como Mesa Redonda. Un lugar comercial, lleno de ambulantes informales que mueve millones de soles todos los años. Es un lugar marginal que está ubicado en el Centro de Lima, muy cerca al Centro Histórico. Lo que en el Jockey Plaza o en Plaza San Miguel te puede costar 100 soles, aquí lo encuentras a 30: el producto no es el mismo, pero se parece. 
Cada año, en los meses de noviembre y diciembre, la Municipalidad de Lima enloquece con las políticas de seguridad y control, pues la gente que llega a hacer compras inunda las calles desde Jr. Huallaga hasta Jr. Puno. El mismo dilema de siempre: "¡solo queremos trabajar!" dicen los ambulantes y yo por dentro digo "¡¡qué se queden, que se queden!!". Por alguna extraña razón me gusta la informalidad, me gusta caminar por las calles y ver las cosas curiosas que venden. Sin embargo, el Serenazgo les dice "¡Aquí no, mamita. Ves que no hay espacio!" y les levanta todas sus cosas, pero hay muchos más como ellos por ahí; así que uno menos no hace gran diferencia. Los canales de televisión transmiten con drones como se ven las abarrotadas calles de Jr. Cusco. Al frente, cruzando el Mercado Central, en la tienda de electrodomésticos mi papá debe pensar: "¡Qué gran venta!"; se sube a la azotea y alucina que todos vendrán a comprar a la esquina de la tecnología. Todos quieren ganar; "¡vamos, es navidad! todos merecen sacar un sencillo" siempre digo, pero a cambio de qué, ¿de inseguridad?
Siempre pienso en el incendio del 2001. Mi papá estuvo ahí, desde la azotea vio como todo se quemaba. Nos llamo al instante y nos dijo "Ni se les ocurra venir al Centro, prendan la televisión", todavía no salía nada en las pantallas porque a la prensa se le hizo dificil llegar. Fuimos una semana después, yo tenía 8 años, pero me alucinaba reportera y le preguntaba a todos dónde habían estado cuando el sucedió el incendio. Algunos decía que comiendo, otros que atendiendo, pero que cuando vieron como el fuego se acercaba como olas gigantes salieron corriendo, a pesar de que los dueños para los que trabajan les rogaban que se quedasen. Fueron sobrevivientes y estaban nuevamente ahí, vendiendo lo que habían rescatado mientras alrededor todo estaba carbonizado. Con mamá entramos a una galería, con paredes negras, cenizas por todos lados; mi mamá decía "Ya regresa, esto se puede derrumbar" y seguíamos caminando por las calles, las calles a las que siempre me gustaba ir a pesar de todo el tumulto ahora estaban carbonizadas con un olor a muerto, con las cenizas que emitían llantos y gritos de desesperación. 
Cada año en la noticias recurdan el incendio, entrevistan a las víctimas, a los deudos, les preguntan "¿te dieron alguna indemnización?", "¿qué está haciendo el Estado por ustedes?" Las respuestas siempre son las mismas: "No, señorita, nada". Y me quedo con la desazón de saber que este caso aún no se soluciona. Ir al Mercado Central hoy me parece igual que hace más de 10 años, solo que ahora más gente porque hay más serenos, más policías; pero nunca nadie te restringe el ingreso a pesar de lo abarrotadas que pueden estar las calles. Que tienes que caminar como en procesión, pegaditos y todos se dicen, "si pasa algo, nos encontramos en tal lugar", tienen el incendio bien interiorizado porque en el fondo saben que puede volver a suceder. Saben que a pesar de que haya seguridad, estos nada podrán hacer porque el miedo te vuelve egoísta, te hace pensar solo en los tuyos. El estigma del incendio sigue en mucha gente, que vuelve a las calles de Mercado Central en la misma época a seguir comprando, llevan a sus niños como si no hubieran aprendido la lección, como si las palabras de las víctimas fueran en vano. Salen felices con las compras del día, los comerciantes quedan felices, los compradores también, los del transporte también, pero ¿cuánto más durará esta felicidad?

miércoles, 16 de septiembre de 2015

Los perros de la estación

Cuando me encuentro en la cola para entrar a la estación se avecinan dos perros rústicamente vestidos. Caminan como si la ruta no les fuera extraña, como si esquivar los pies de las personas fuera algo cotidiano. Y es que en verdad lo es, porque han hecho de la estación su hogar perenne y los empleados los han acogido de buena manera. Sospecho que son estos quienes le compraron aquella vestimenta para contrarrestar el frío que hace por acá y quienes también los alimentan al pie de los torniquetes. 
Por la mañana estos se encuentran muy despiertos, vivaces porque la gente comienza a llegar muy temprano y a hacer bulla. Pero ellos viven en su mundo, deambulan en círculos sin querer dejar la estación, no cruzan la pista se quedan ahí. Por la noche, siguen ahí al costado de los torniquetes, pero esta vez ya durmiendo, la gente transita por su lado y ellos siguen ahí sin inmutarse de la bulla, de las personas que los pisan: ellos solo duermen.
No tienen nombre, la gente los llama con sonidos de besos, o con onomatopeyas "Guau, guau" dice una pequeña que se anima a acariciarlos, pues son tranquilos, no muerden ni gruñen. Asumen esa actitud pacífica quizá porque son conscientes de que no deben causar ningún disturbio. A las 11 de la noche, la estación cierra sus puertas, ya nadie puede quedarse adentro, entonces estos salen y duermen al pie de la puerta, abrigados y alimentados- quizá por los empleados, quizá por los usuarios-. Se quedan ahí enroscados en su propio calor. Al día siguiente comienza la misma rutina, deben levantarse a las 5:50 que abren las puertas, entran un momento y continúan con el sueño interrumpido, a las 6:30 vuelven a despertar y pasan entre las largas colas, nadie los bota, nadie les dice nada, son los perros adoptados por la estación, quizá porque el escenario en que esto transcurre hace posible esto. No podría ser posible en la ciudad en donde no hay perros callejeros, en donde hay grandes avenidas y la municipalidad te multa si no cruzas debidamente por las líneas peatonales. Aquí en los conos, hay más flexibilidad -por no decir informalidad- siempre hay perros en las calles; de ahí que nadie se inmuta.

jueves, 20 de agosto de 2015

Reflexiones al pie de una falla geográfica


Cuando regreso en el tren, desde la puerta los cerros se nos presentan imponentes, no le hacemos mucho caso porque ahora nos es cotidiano; pero pasa lo mismo con quienes viven rodeados de edificios inmensos. Surgen las mismas preguntas: ¿cómo será vivir allá bien arriba? Para nuestra suerte el tren pasa muy cerca a la parte de atrás del cerro San Cristobal, podemos ver lo hacinada que vive esa gente, pero también su tranquilidad de tener algo "propio". El recorrido avanza y el paisaje se invade por segundos de medianos edificios, pero a lo lejos siempre se ven las puntas de los cerros; cuando es de noche es mucho más alucinante porque se ven lucecitas perfectamente ordenadas en cuadrantes que intentan delimitar las urbanizaciones de los AAHH. El panorama es realmente hermoso porque nos permite comprender la dimensión y diversidad del distrito. A veces me pregunto, cómo habría sido si no hubiera vivido rodeada de este paisaje. Quizá ya no limpiaría cada 2 segundos la mesa de vidrio o quizá no renegaría todos los días por los zapatos sucios, pero lo más importante es que quizá no habría descubierto la tranquilidad que inspira contemplar este paisaje. A pesar de toda la acústica intranquila que genera la marginalidad ( botellas rotas, gritos, silbidos, música a todo volumen) pararme en el 3er piso de mi casa y ver los cerros es un eficiente tranquilizante. Después me pongo a pensar en esta visión romántica y la contrasto con la gente que vive en estos cerros, también los contemplo a ellos, contemplo sus casas, sus carencias, su astucia para superarlo y lo único que puedo sentir es admiración también por esta gente que probablemente lo único que desea es salir de ahí, salir del cerro y encontrar casa en la "pista". Muchos me preguntan ¿cómo puedo vivir aquí?, si en verdad vale la pena el tiempo que demoro en llegar a casa; la respuesta siempre será sí, vale mil veces la pena regresar a este lugar porque cuando regreso lo único que siento es tranquilidad en medio de todo el caos que rodea al distrito, yo solo elijo mirar los cerros.