Te escribo desde un lugar muy bonito, es un convento carmelita en Guadalajara. Estoy aquí rodeada de religiosas que profesan un amor inmenso no solo hacia Dios, sino también hacia quienes las rodean. Este es un espacio lleno de contrastes, los pasillos mantienen una calma absoluta que se quiebra con las carcajadas de las hermanas que no tienen miedo de expresar sus emociones entre gritos, aplausos y abrazos. Aunque muchos creerían que esta casa es sinónimo de represión para mí ha sido un espacio lleno de reflexión y libertad en el que he podido tomar decisiones importantes… como el escribirte innecesariamente varias veces, a pesar de tu evidente desinterés y tus desesperantes respuestas monosilábicas.
Llevo casi una semana aquí y en estos días no he dejado de pensar en que quizá no fue buena idea haberme acercado a ti aquel día. Dicen que no es bueno arrepentirse de nuestras acciones, a menos que estas hayan causado algún daño a los demás. Me pregunto si de alguna manera nos vimos afectados por aquella intempestiva acción. Ya no puedo sumergirme en tus pensamientos, así que quiero creer que no. En mi defensa, puedo decir que no fue algo planeado, hace mucho tiempo soy consciente de que para ti es incómodo tener contacto conmigo. Puedo intuir las razones, aunque no logro comprenderlas en su totalidad.
Cuando me pongo a pensar en por qué te hablé muchas cosas vienen a mi mente, pero son los sentimientos de nostalgia y esperanza los que más resaltan y a la vez me asustan. Ya me había hecho la idea de que no volverías a ser parte de mi vida y vivía contenta con esa consigna, pero algo hizo que me detuviera a la mitad de mi camino aquel día en que creíste que habías sonado cortante. Pienso que fui poseída por una versión mía del 2013. Una versión que ya no existe ni en cuerpo ni alma.
Honestamente, no sé a dónde quiero llegar con estas líneas, mientras escribo me he quedado dormida unas dos veces con la esperanza de despertar por la mañana y ser atrapada por una gota de lucidez que me hiciera dar cuenta de que escribirte de esta manera sigue siendo una mala idea. Pero ya es domingo por la noche y mantengo esta persistencia que tú calificarías como egoísmo. Estoy convencida de que te enviaré esta ¿carta? y no sabrás qué responder. En el fondo deseo que ni siquiera te pase por la mente hacerlo y que mires con resentimiento el buzón de tu correo por la forma en que te contesté ese mensaje tan… no sé cómo describirlo, ¿protocolar?, ¿informativo? En fin, solo fue un mensaje que cumplió su función y en lugar de sentirme aliviada por haber resuelto mis dudas, me enervó totalmente por no haber sido un poco más propositivo.
No dejo de pensar y pensar, parece que estar en un claustro finalmente trajo consecuencias. Pienso en las mil y una formas en que podrías estar pensando en mí. Pienso en la infinidad de líneas temporales que podría desencadenar esta cosa rara que estoy escribiendo. Pienso en que, finalmente, tengamos suerte y que podamos saludarnos como nunca antes lo habíamos hecho. ¿Sabías que antes de que todo comenzará no solíamos saludarnos?













