lunes, 10 de noviembre de 2025

Feliz cumpleaños, rata


Querido Alfredo:

Regalar un libro no es una tarea fácil. Muchas veces corres el riesgo de interponer tus propios gustos literarios sobre los del festejado. Habría sido más sencillo para mí atinar a tus gustos si hubiéramos conversado más sobre el tema, pero apenas recuerdo haber hablado contigo sobre Vargas Llosa y Gorki y muy brevemente. Eso abre un sinfín de posibilidades. Aún así, no quería dejar de enviarte un libro por tu cumpleaños porque sé que te gusta leer y sé que podrás encontrar espacio para un nuevo ejemplar en tu hermoso librero. Te mando Viajes con Charley de John Steinbeck, cuando leí el resumen no pude evitar pensar en ti y el buen B. Logré imaginarlos viajando en carretera hacia alguna parte de nuestro trágico país. No sé si lo habrás hecho, pero parece una buena idea. También debo confesarte que Steinbeck es uno de mis autores favoritos y con esto confirmo lo que decía al inicio: siempre se interponen los gustos literarios de quien regala. Te pido una disculpita por eso y espero que disfrutes mucho este libro que aunque es un poco largo, estoy segura de que encontrarás el tiempo para leerlo.

¡Feliz cumpleaños! 

Mari


miércoles, 8 de octubre de 2025

Contradicciones

¿Por qué me duele tanto algo que nunca inició? Siento la necesidad de hacerme daño constantemente. No me importa mi glucosa, me da igual tenerla por la nubes o en el rango adecuado. Duermo todo el día, tengo una ruma gigante de exámenes por corregir y no sé por dónde empezar. No quiero estar en mi casa porque no quiero tener a mi mamá preguntándome por qué no he salido hoy. Todos los días lloro y escucho canciones que me hacen recordar a ¿alguien que no vale la pena? Estoy molesta, furiosa, pero también devastada porque esto ya me ha pasado antes. Y tengo a mis amigos diciéndome que esté tranquila que no vale la pena que soy una chica increíble. Peeeero, miren a dónde he llegado siendo así.



Muchos meses después


―¿Qué tal el viaje?
―Dormí mal.
―Me imagino. 
―¿Cómo has estado?
―Bien... Es la bolsita que te regalé.
―Sí.
―¿Es kétchup? 
―Mermelada.
―¿Mermelada?
―Comí algo antes de venir.
―¿Y cómo llegó ahí?
―Creo que se derramó.
―Seguro.
―Hay que sentarnos.
―Dale.
―Cerca a la ventana.
―Bueno.
―¿Pedimos?
―Sí.
―Dos cervezas. 
―No te gusta la chela.
―No importa. 
―Pide un café.
¿Cuál quieres?
―Cristal.
―Cristal y Pilsen, por favor... ¿Qué?
―Nada
―Pensé que me querías decir algo.
―Solo te estoy mirando.
―Me confunde.
―¿Te confunde? ¿A ti te confunde mi mirada?
―Bueno, me intimida.
―Ya lo sé. Por esto te miro así, para que te pongas nervioso.
―Me lo merezco. Nada que objetar.
―¿Por qué no dijiste nada?
―Mari...
―Me dolió mucho, ¿sabes? Que no dijeras nada. Cómo es posible que alguien pueda hablar tanto y no decir nada. Escuché todos tus audios y nunca tocaste el tema.
―No es así.
―Yo sé que es tu forma de ser. Eres abogado tienes que saber atajar, pero yo pensé que comenzábamos a ser...amigos.
―Sí...
―¿Eso le haces a tus amigas?
―No te ignoré. Te dije que íbamos a hablar.
―Nunca dijiste cuándo. Luego solo te fuiste.
―Lo siento....
―Da igual, ya pasó mucho tiempo.
―Pero todavía me tienes bloqueado.
―Sí.
―¿Por qué?
―Porque me recuerda que ya no soy tan estúpida.
―Nunca lo fuiste.
―¿Tú crees? 
―Siempre he pensado que eres una chica increíble, inteligente...
―Oye, no hagas eso.
―¿Qué cosa?
―Enumerar mis cualidades.
―¿Por qué?
―Estás siendo amable otra vez.
―Pero así soy.
―No me gusta. Por lo general, cuando te halagan mucho es porque viene algo peor. ¿O me equivoco?
―Depende. 
―¿Por fin te vas a atrever a rechazarme?
―No...
―Entonces, ¿por fin va a admitir que te gustaba?
―Tampoco.
―¿Entonces qué carajos hacemos aquí?


*Este es un ejercicio para intentar economizar el lenguaje en mis diálogos. Me inspire en Colinas como elefantes blancos, de Ernest Hemingway. Lo dejo ahí porque cumplió su función y también por qué no sé cómo carajos cerrarlo.


jueves, 2 de octubre de 2025

Poseída por Meredith Grey


Estoy furiosa. Escribo día y noche para destruir la idea que tengo de ti, pero eres un superviviente. Te he aniquilado mil veces y siempre queda algo de ti. Me persiguen la conversación que nunca tuvimos, la charla que ahora sí quieres tener y en lo único que puedo pensar es en Meredith Grey respondiéndole a Derek Shepherd. Estoy rota por dentro y no es tu culpa, pero por alguna razón quiero que te sientas culpable porque no soy capaz de afrontar esto sola. Entonces quiero hundirte conmigo porque siento que esa es la única forma en que voy a poder estar cerca de ti.


martes, 30 de septiembre de 2025

¿Acaso me lo imaginé todo?


Después de incendiar la pradera y revelar algunos secretos, por fin pude dormir tranquila después de dos largos meses. Debo confesar que fue el sueño más reparador que he tenido en años. Podría decir que fue gracias a que tuve los huevos que a ti te faltaron para enfrentar la situación, pero decir eso no solo sería grosero, sino ordinario. ¿Qué diría Borges de esa frase tan burda? Mejor digamos que cuando la tormenta se desata, siempre aparece alguien que sabe remar. A mí me tocó hacerlo porque si fuera por ti, ambos nos hubiéramos hundido en la misma mierda. Tranquilo, Borges sí admite este tipo de groserías.

Para tu mala suerte, yo no me olvido de nada. ¿Sabías que todavía guardo la envoltura del Sublime que nos regaló Cevs la primera vez que nos conocimos? Ahora tengo ganas de cortarla en mil pedacitos. Uno por cada mala decisión que tomé contigo. También guardo la hojita que coloreamos cuando salimos a comer, me da ganas de rayarla con un plumón negro indeleble, como si con eso fuera posible borrar el recuerdo de esa noche en la que me preguntaste: «¿Qué harías si ves que un asteroide está cayendo del cielo». También guardo en mi cerebro el olor de tu perfume de aquella vez que nos besamos en ese bar horrible de Barranco. Lo tengo tan impregnado dentro de mí que si fuera posible sería capaz de extraer una botellita de su esencia de entre mis recuerdos. Yo no me olvido de esa noche, de las luces fluorescentes, ni de la música de fondo, que seguramente fue una canción de salsa, que me permitió ponerte las manos sobre el cuello y colgarme de ti como si fuera un monito. Cuando te miré fijamente a los ojos, dijiste que te intimidaba. Te quitaste mis manos de encima y me volteaste la cara. Entonces supe que tenía que mirarte con más intensidad porque no podías admitir que te gustaba. 

Me he saturado de tantos recuerdos que a veces me cuesta creer que pasaron así. ¿No me lo estaré imaginando? ¿Realmente nos besamos esa noche? ¿Realmente me excité cuando me puse delante de ti y sentí como crecías? ¿Realmente no me importó intentar besarte frente a los demás? Mi último recuerdo de esa noche eres tú quitándome las manos de encima, diciendo «Espera, espera». Estabas avergonzado. A mí me daba igual. 

Cold, cold, cold inside.


lunes, 29 de septiembre de 2025

Compañera Mari


Me preocupa no haber llorado. Quizá ya he aceptado la idea de que, otra vez, mi mente me jugó una mala pasada. Ahora ya no importan tanto las causas de otro fracasado idilio. Lo cierto es que haberte dicho que me gustas me quitó un gran peso de encima. Se sintió liberador, pero también decepcionante porque tú dices mucho, pero a la vez nada. Me llena de rabia haberme interesado en alguien que actúa así, pero luego te recuerdo haciendo otras cosas: saludando a la gente, acariciando a mis perritos, intentando seguirme los pasos de baile y mi corazón se vuelve a encender.

He pensado que voy a quedarme sola para siempre, no como Jane Austen, que eligió vivir su soledad, sino como esas mujeres de las que solemos hablar con pena «¿Ya viste? Nunca se casó, ni tuvo hijos». Así me veo. Me pregunto por qué nadie es capaz de amarme con la misma intensidad en que lo hago yo. Si soy tan increíble y perfecta como me describen los hombres, ¿por qué ninguno de ellos quiere estar conmigo? No se toman el tiempo de conocerme, lo hacen a través de la idea que tienen de mí. Kant diría que lo único que alcanzan a conocer de mí es el fenómeno: esa imagen filtrada por sus sentidos, nunca lo que soy en esencia. Ellos se lo pierden.

Se me ha metido en la cabeza afiliarme al Partido Socialista. No es broma, la política es un campo que requiere pasión, intensidad y mucho compromiso. Todo lo que alguna vez le ofrecí a los hombres, mejor se lo ofrezco a una causa de lucha común. Pero algo me dice que eso tampoco terminaría bien. A algunos hombres les asusta cuando las mujeres dan el primer paso y toman el liderazgo. La izquierda peruana está tomada por machirulos disfrazados de aliados que ven a las mujeres no como compañeras de lucha, sino como una competencia. No sé si estoy dispuesta a pasar por eso. 

¿Entonces qué hago? ¿Qué hago conmigo?¿Qué hago contigo? ¿Qué hago con todos los hombres del mundo que no se toman el trabajo de conocerme? 

Quizá es momento de ya no pensar en ellos.