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martes, 3 de diciembre de 2019

Me doy cuenta de que me faltas


Por las mañanas al despertar, Emilia reposaba su mirada sobre el librero que tenía frente a su cama. Seguía en línea horizontal la continuidad de los libros que había acumulado desde que aprendió a leer. Con precisión, inspeccionaba que cada uno estuviera correctamente apilado en el lugar que le correspondía. De una manera inexorable, precipitaba su recorrido hacia la tercera repisa que le revelaría, una vez más, la ausencia de su libro más preciado.

—Algún día regresarás a tu lugar, Sabines. Todo es cuestión de tiempo y quién sabe si también de justicia— Aquella ansiada antología tenía las hojas dobladas en sus poemas favoritos; apuntes en los bordes de las páginas con una letra encriptada que solo ella sería capaz de descifrar y, en la parte de atrás, poemas improvisados inspirados en los versos del poeta chiapaneco. Emilia recordaba con frustración el momento en que decidió prestarle su libro a Adrián. La falsa promesa de una devolución debió haberla puesto en alerta de que su libro estaba en manos equivocadas, pero en ese entonces ella solo pensaba en el amor como una prórroga perpetua. No era consciente de los finales precipitados, ni de traiciones inesperadas, ni siquiera, de que los libros podían ser secuestrados.

La rutinaria contabilidad de los títulos de su librero la sumergían en eternos soliloquios sobre las diversas formas de recuperar el libro ausente. Pero esa mañana, mientras lanzaba teorías al aire, Emilia se detuvo a mirar con más precisión el vacío inerte que había dejado el libro de Sabines y se dio cuenta de que ahí había espacio suficiente para dos o incluso tres libros más. Tampoco se había percatado de que tenía algunos poemarios regados sobre su escritorio que pugnaban por una ubicación en el abarrotado librero. Por un momento, pensó lo bien que sería ver ahí las portadas de Ritsos y Larkin que acababa de comprar, pero se negó a usurpar ese vacío con cualquier otro libro.

—Esperaré un poco más. Todavía puede regresar— Pero en el fondo sabía que no sucedería. Había pasado ya un mes y Emilia todavía contemplaba ese vacío con la ilusión de que la antología de Sabines apareciera mágicamente ahí. Sentada, una vez más, frente a su librero, volvió a mirar ese espacio reservado y se preguntó si realmente valía la pena seguir esperando. Un sentimiento de culpa se apoderó de ella por todas las veces que había sido condescendiente con Adrián y se resignó a que debía ser ella misma la encargada de poner fin a sus angustias. Comprar un nuevo libro parecía ser la solución.

Caminó hasta la librería más cercana decidida a regresar con una nueva edición de la obra de Sabines. Volvería a doblar las hojas en sus poemas favoritos y a escribir con letra encriptada en los bordes de las páginas para recrear la esencia perdida. Al llegar, recorrió los pasillos de poesía y se emocionó con el anuncio de las nuevas reediciones de Varela y de Cornejo, pero recordó el motivo por el que estaba ahí. Comenzó a remover uno tras otro los libros del estante para sumergirse en una búsqueda milimétrica. Siguió con el dedo índice la ubicación incoherente de los libros colocados en la repisa de poetas latinoamericanos y encontró a Sabines en la mitad del camino recorrido.

Al tenerlo entre sus manos, Emilia buscó el poema que había desencadenado su desgracia y dejó a un lado su frustración para recordar el verdadero motivo porque había aceptado entregárselo a Adrián. Ese libro había dejado de ser suyo cuando al leerlo, pensó en él. Trescientas noventaiocho páginas estaban el poder de su destinatario, abandonadas en una repisa que acumulaba polvo entre sus hojas y se convertía en el hogar de persistentes polillas. Ese libro ya no era suyo y a él no le servía para nada.

—¿Lo va a llevar? —interrumpió el vendedor.
—No… Solo estoy viendo.
—Por si le interesa, acaban de llegarnos nuevas ediciones de Rimbaud.
—No me vendría mal otra temporada en el infierno.

Agradezco mucho a María Claudia Huerta y José Barrera
por los comentarios que le hicieron a la 
versión previa de este cuento.


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martes, 26 de noviembre de 2019

Objeto a*



Por las mañanas al despertar, Emilia reposaba su mirada sobre el librero que tenía frente a su cama. Seguía en línea horizontal la continuidad de los libros que había acumulado desde que aprendió a leer. Con precisión, inspeccionaba que cada uno estuviera correctamente apilado en el lugar que le correspondía. De una manera inexorable, precipitaba su recorrido hacia la tercera repisa que le revelaría, una vez más, la ausencia de su libro más preciado.

—Algún día regresarás a tu lugar, Sabines. Todo es cuestión de tiempo y quién sabe si también de justicia— La ausencia de su libro la había llevado a cuestionarse en dónde residía ese sentido de justicia que, se supone, debería aplicarse a un caso como el suyo. No podía ser posible que la traición no fuera sancionada, pero ¿quién sería el encargado de ejecutar dicho castigo? O mejor aún ¿sobre quién debía recaer dicho castigo? Después de muchos intentos fallidos por recuperar lo que era suyo se convenció de que debía ser ella misma la encargada de poner fin a sus angustias.

—Si todavía te queda un poco de cariño hacia mí, Adrián, por favor devuélveme mi libro. No te sirve para nada tenerlo.
—Mañana pasaré a dejarlo— le había respondido Adrián en un escueto y protocolar email que nunca se llegó a concretar. Un mes después, Emilia todavía seguía revisando su librero con la ilusión de que el libro de Sabines apareciera mágicamente en la tercera repisa. La frustración la envolvía todos los días en eternos soliloquios que terminaban siempre en el mismo punto de partida: la ausencia del libro arrebatado.

 —¿Quién carajos se cree este tipo para quedarse con algo que no es suyo? ¿Acaso no le bastó con haberme puesto los cuernos y dejarme en ridículo frente a todo el mundo? ¿Qué más quiere de mí? Le he dejado todo: que se quede con la bicicleta, con la colección de Hitchcock, incluso con los pasajes a Arequipa. Lo único que le pedí a cambio fue que regresara lo que era mío y no se le dio la puta gana de hacerlo. ¡Maldita sea la hora en que se lo di!

La furia interminable y la rutinaria contabilidad de sus libros estuvieron a punto de llegar a su fin esa noche cuando Emilia se dio cuenta de que no tenía nada que perder. Se había asumido a sí misma como una justiciera que entregaba su alma para que el orden impere en la humanidad. Se apuró en recopilar todos los mensajes de amor que alguna vez Adrián le había escrito; se sumergió en el archivo de su computadora para recuperar de la Papelera las bellísimas fotos tomadas en Marcahuasi y Santa María, y, finalmente, reunió los pedazos destrozados con odio del retrato que Adrián le había dibujado el día que cumplió veinticinco años. Todo estaba consumado.

Sentada frente a su computadora, Emilia volvió a mirar el vacío inerte del lugar que ocupaba su libro y tomó el valor necesario para escribir ese vómito verbal que la había atragantado desde que se enteró que había sido la amante de Adrián por ocho meses. Adjuntó todas las “pruebas” y redactó un email confesional que no solo revelaría la verdadera cara de Adrián, sino que también sería la vía directa para recuperar su libro.

Transcurrieron algunas horas para que Emilia recibiera la llamada consternada de Adrián.

—No tenías por qué hacerlo, Emilia.
—Se llama sororidad, imbécil. Ella merece saber la basura que tiene a su lado. Y, sobre todo, lo hice porque no cumpliste con lo que me prometiste.
—No te voy a devolver nada, pendeja. No me vuelvas a buscar.

El sonido de la llamada descolgada y el pitido estridente de las operadoras telefónicas resonaron en su cabeza hasta el amanecer. Inerte, tendida en su cama miró hacia la ventana y pensó:

—Parece que es hora de dejarte ir, Sabines. Créeme que lo intenté hasta más no poder. Quizá pueda conseguir una nueva edición, una más bonita y con tapa más dura. Será distinta, pero por dentro seguirás siendo tú mismo, Sabines. Solo quiero una semana para entender las cosas porque esto es muy parecido a estar saliendo de un manicomio para entrar a un panteón.

*Según Jacques Lacan el "Objeto a" es un significante de falta. No es un objeto tangible, sino la noción de un deseo inalcanzable que puede expresarse en cosas materiales o sensaciones.





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jueves, 28 de mayo de 2015

Visita a la abuela

-"Mamita, pasa,pasa rápido"
- "Abuelitaaaa" le dijo abrazándola muy fuerte.
-"Mira lo que tengo aquí"
-"Espérate abuelita, quiero sacarme los zapatos primero"
-"No, ven primero aquí, mira...". La abuela se apresura a abrir un cajón y le muestra un cofre.
-"Abuelita, ¡¡¡son todos tus aretes!!!!, .¡Ahí están los rojos que tanto me gustan!"
-"Llevátelos, mamita, mételos a tu bolsa de una vez"
-"Ahhh, mi bolso está en la sala, mejor me los llevo puestos"
-"Está bien mamita, pero ahora agarra tus cosas porque te están esperando" La abuela se acerca a la ventana y ve llegar un carro negro y la nieta le pregunta:
-¿Qué?, ¿quién ha venido abuelita?
-"Nadie  hijita, pero ya te tienes que ir..."
-" ¿A dónde?".
-"Sube al carro mamita, haz todo lo que el señor te diga".
-"Abuelita, pero ¿quién ese señor ¿a dónde me va a llevar?"
La abuela la toma de la mano y la acompaña hasta la puerta, le toca la mejilla, la abraza muy fuertemente y le dice:
-"Ojalá puedas visitarme otra vez, hijita"
La nieta, desde el carro, voltea a mirarla como si fuera la ultima vez: su abuela está recostada sobre las rejas rojizas, con su vestido de dormir color blanco, con las medias de distintos colores y con el cabello hacia la derecha que se le formaba por dormir de costado, le sonríe con cara engreidora mientras le dice con gestos que cuide mucho los pendientes rojos que lleva puestos...
-"No te preocupes abuelita" le dice "La próxima vez que venga..." y de pronto el carro arrancó rapidamente dejando la frase inconclusa. "Señor, ¡pare!, ¡pare!", pero este parecía no escucharla "¡le he dicho que pare!", le decía eufórica, pero este avanzaba cada vez más rápido. Entonces en  un impulso desenfrenado, la nieta abre la puerta y se lanza, no por temor, pues sabía que su abuela no dejaria que nada malo le pasara, sino porque fue consciente de que estaba en un sueño de visita: ella había alistado a su abuela para colocarla en un ataud hace 9 meses atrás. El chofer era quien la llevaba de vuelta a la realidad y la unica manera de encontrarse con su abuela muerta era saltando del carro y corriendo hacia ella, pero ya era muy tarde, había cruzado el umbral que separa a ambos mundos. De pronto sintió el impacto del suelo y todo se volvió negro; 5 segundos después se encontró echada en su cama, sin los pendientes. Mientras se tocaba las orejas una y otra vez, pensaba "¿se me cayeron en el camino? o ¿nunca estuve ahí?".
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viernes, 27 de febrero de 2015

The once he talked with his friends

La vez que decidió darse una nueva oportunidad, Luis pensó "Y ¿cómo carajos se hace eso?". Miró al suelo y recordó cuando perdió su trabajo de tesis y tuvo que comenzar a reescribirlo todo otra vez. Pensó entonces que sería algo así como cuando empiezas de nuevo, pero no olvidando todo lo que pasó, sino tratando de hacerlo mejor esta vez. Discutió de esto con algunos amigos y sus respectivas chelas. Algunos dijeron que cuando se comienza de nuevo, se comienza desde cero; como arrancado una página, como si nada jamás hubiera pasado; entonces otro le replicaba que era inevitable recordar todo lo que había sucedido; dijo que su "comenzar de nuevo" era una manera absurda de borrar el pasado y que jamás se podría comenzar algo nuevo, si el pasado no era superado debidamente. Luis aprobó dicho argumento y les dijo a todos: "Esa mierda de comenzar de nuevo, de darte una nueva oportunidad no es más que una frase trillada, si en verdad hubiera querido darme la oportunidad de hacer algo distinto no me lo habría preguntado, solo habría pasado, pero no. ¿Qué pasó entonces?" Todos se miraron entre ellos sin saber qué responder, entonces uno de ellos dijo "Estás madurando, mejor dicho envejeciendo". Esta vez no se miraron entre ellos, todos miraron a cualquier lado pensando en que cuando uno se hace más grande, las nuevas oportunidades son más difíciles de tomar, pero siempre son las más gratificantes no porque hayan sido exitosas, sino porque nos demuestran que somos capaces de arriesgarlo todo. Las chelas ya se estaban acabando y Pedro dijo, "Luchito, unas chelitas nuevas, pues".
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lunes, 1 de diciembre de 2014

The fake fairytale (Part I)


Hoy suena Where is the love de BEP. Quizá el soundtrack no tenga mucha relación con este pequeño relato que hace tiempo había pensado escribir. Tenía la idea, pero no el tiempo ni las ganas de hacerlo. Finalmente todos estos aspectos confluyeron cuando decidí recordar los hits del 2003 y me encontré con los BEP de esa época. Entonces, un agradecimiento especial a estos lindos. 

El último año, Luz había pasado mucho más tiempo en su casa que afuera, en el mundo. Aparentemente, no importaba, pues la casa era acogedora, tenía todo lo que necesitaba: libros, un huerto, un pozo de agua, un gran jardín y un gran muro que siempre pensó que serviría para protegerla de cualquier asalto o ataque. Con el paso del tiempo, todas sus provisiones se volvieron menos atractivas por el mismo hecho de ser repetitivas: cada vez quedaban menos libros que leer, cultivar el huerto se había convertido en una actividad súper trabajosa y, sobre todo, no tenía más compañía que la misma casa. Cruzar el muro parecía ser la única solución, pues de vez en cuando recordaba su época al otro lado de la casa, recordó que eran épocas en las que casi nunca sabía que podía pasar, épocas en donde también estaba expuesta a muchos peligros pero que de una y otro manera valían la pena correr. Nada la detenía para cruzar el gran muro de la casa, sabia que podría salir un momento y luego volver a sentirse protegida en ella, pero siempre se preguntaba "¿que pasará si me gusta estar más allá que aquí? No puedo dejar la casa sola.". El temor era infundado, tenía una extraña relación con la casa porque esta no solo le daba seguridad, sino que sabía que sería ahí donde pasaría los últimos días de su vida. La situación parecía complicada porque sabía que no había ningún tipo de cadena o cosa que la impidiera salir; solo era cuestión de que se levantará abriera la puerta y saliera. Pero no podía, había algo dentro de ella que no le permitía dejar la casa: el recuerdo de una época maravillosa ahí era más fuerte que los recuerdos que empezaría a construir si saliera de ella algún día. El miedo a lo desconocido se enfrentaba con la resistencia de los grandes momentos vividos ahí. 

A la mañana siguiente, Luz se levantó y fue a cosechar lo que había sembrado en el huerto y encontró a una paloma muerta. Luego vio que una más se acercó alrededor de la pequeña y, de pronto vinieron otras más. Alrededor del cuerpo de esta, ahora, habían como diez. Una fugaz idea pasó por su mente como una hipótesis aún sin confirmar: la desafortunada paloma se había desviado de su camino y había llegado hasta su huerto, quizá habría chocado con alguna de sus muros en la oscuridad de la noche y por eso la encontró sin vida al despertar. Pero, ¿cómo llegaron las demás hasta este mismo sitio? Probablemente, habían iniciado la partida todas juntas, pero esta extrañaba la estabilidad, la quietud y la extrañeza de permanecer en un solo lugar. Las demás habían decidido buscarlas porque sabían que de todas ellas, aquella fenecida paloma era la que jamás podría desviarse del camino. Sin embargo lo hizo y llegó a refugiarse en la casa de Luz, pero el plan no resultó como esperaba. De pronto un halo de certeza le hizo sentir a Luz que debía dejar la casa. Contrariamente a la paloma, ella no buscaba quietud, sino desenfreno: quería conocer el mundo. Aquella paloma cuyo cuerpo yacía en el piso le había devuelto la certeza de que vale la pena morir por lo que realmente deseas porque después de recorrer el camino, sea cual fuere el resultado siempre tendrás la satisfacción de haberlo recorrido. La pequeña paloma buscaba un lugar tranquilo en donde negar su característica nómade, quería quietud cuando su naturaleza la obligaba a andar de un lugar a otro. Luz se apresuró a tomar sus cosas: guardó en su pequeño bolso Utopía, cuatro monedas y un lápiz muy grande. Regresó al huerto a mirar por última vez a la paloma y pensó: "Quizá alguien le pudo haber lanzado una piedra con la intención de matarla", pero era demasiado tarde ya había tomado la decisión. Se paro frente al gran muro que ya no la protegería más, tomó la manija de la puerta y la giro: la puerta estaba abierta, pero ella aún seguía adentro.
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