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jueves, 5 de febrero de 2026

Pláticas con Hera




Estar contigo saca lo peor de mí y aunque quisiera echarte la culpa de mi comportamiento, no podría. Sé que soy como la esposa de Zeus, una histérica, orgullosa, engreída, demandante, monógama, celosa, rencorosa, pero sobre todo extremadamente majestuosa mujer. Los historiadores han atribuido el comportamiento desafiante de Hera a las acciones que el miserable de Zeus hacía en el Olimpo. Así, la historia se reduce a que Hera, cansada de todas las desatenciones e infidelidades de Zeus, tuvo que enfrentar su situación con la larga retafila de características que mencioné al inicio. ¿Pero qué hubiera pasado si tan solo el desgraciado de Zeus le hubiera dicho todas las noches «Qué descanses muy bien, amor»? ¿A caso la historia habría sido diferente? Lo pregunto porque quizá tendríamos a una Hera complaciente y contenta que es amada por su esposo aunque en secreto, y con más tino, sería engañada una y mil veces por Zeus, quien, en ninguna de las posibles líneas temporales de esta historia, podría ser diferente porque, en el fondo, lo que quería era humillar a Hera. Quería dejarle en claro que no tenía ni tendría jamás su atención y yo me pregunto si estás haciendo lo mismo conmigo. ¿Quieres humillarme mientras me dices que vivo atravesada por una supuesta locura ansiosa que no me permite entender por qué no respondes mis mensajes en todo el día o prefieres ver a mujeres desnudas en un scroll infinito sin el más mínimo remordimiento? 

Yo sí te entiendo, Hera. En el fondo eres solo una mujer pidiendo a gritos un poquito de atención, ¿pero realmente quieres la atención de un patán como Zeus?

martes, 3 de febrero de 2026

Los hombres no me soportan

Salgo a la calle y los hombre me miran. He pensado que no soy la mujer más hermosa del mundo, pero ellos siempre están ahí. Algunos se quedan como tontos al mirarme la cara; otros prefieren mirarme el culo o las tetas. De alguna forma siempre obtengo su atención y yo me rio de ellos. Aunque aquellos encuentros sean apenas fracciones de segundos, me hacen saber que me desean, que harían cualquier cosa por tenerme. He vivido así toda mi vida y lo cierto es que me he acostumbrado a siempre ser mirada y deseada. Por eso, cuando un hombre me niega su atención, algo se descuadra en mí. Y me pongo a pensar fehacientemente qué está pasando o qué estoy haciendo mal. Haciendo un balance de todas esas experiencias, me he dado cuenta de que esto ocurre cuando hablo. Los hombres me desean cuando tienen su propia idea de mí, pero cuando me conocen, ya no les parezco tan interesante. Yo no sé qué será, quizá es esa alegría asfixiante que me domina o quizá simplemente es porque les dejo saber que soy más inteligente que ellos. 

Como sea, ahora sé que aunque los hombres me desean, no soportarían estar más de una hora conversando conmigo. Simplemente no me soportan. 


domingo, 1 de febrero de 2026

El amor después del amor


Alguna vez lo tuve todo, pero dudé. No estaba preparada para esa responsabilidad. Me asustaba el largo plazo, la estabilidad y la idea de que siempre puede haber algo mejor. Me equivoqué no solo por dudar, sino por la forma en que salí de ese lugar. Volvía una y otra vez como las réplicas de un temblor que desacomodan todo y algunas veces destruyen mucho más que un terremoto. Me di cuenta de que mientras más grande me hacía, más miedo me daba la vida en pareja. Esa absurda idea de tener que compartir tu espacio personal con un hombre, más allá de encuentros frecuentes no tenía lógica en mi cabeza. Por eso me fui.

Me decía a mí misma que antes de tener una relación debía conocer el mundo. Encontrar mi propio camino porque me daba terror depender de un hombre y que éste haya vivido mucho más que yo. Hice casi todo lo que había planeado en mi maldita mente siniestra de 20 años. Viví sola, viaje a varios países, me tiré a media ciudad, tuve trabajos increíbles y descubrí que lo que realmente quería hacer en mi vida era escribir. Pasó casi una década para poder darme cuenta de todo eso. 

Mientras tanto, la única persona a la que le había dicho «Te amo» continuaba con su vida sintiendo un profundo rechazo hacia mí. Nunca sabré todo lo que hizo durante esos años, tampoco quiero saberlo. Digamos que si tuviéramos que contar nuestra historia de amor, esa etapa sería un gran paréntesis vacío. Ambos avanzamos, pero a mí me gustaría que volvamos a encontrarnos, que volvamos a intentarlo, aunque me esté muriendo de miedo porque no creo poder lograr sostener esas responsabilidades de adultos que tenemos que asumir ahora. Me destroza no darme cuenta de que hemos crecido y que ya no podemos pensar solo en besarnos y tirar a todas horas del día. Me destroza pensar que si queremos estar juntos tenemos que pensar en el dinero y en contratos de trabajo. 

Realmente quiero intentarlo, pero me doy cuenta de que solo soy una ridícula mujer en sus treinta que todavía quiere disfrutar del amor como cuando tenía veinte años. ¡Qué incongruencia!



lunes, 10 de noviembre de 2025

Feliz cumpleaños, rata


Querido Alfredo:

Regalar un libro no es una tarea fácil. Muchas veces corres el riesgo de interponer tus propios gustos literarios sobre los del festejado. Habría sido más sencillo para mí atinar a tus gustos si hubiéramos conversado más sobre el tema, pero apenas recuerdo haber hablado contigo sobre Vargas Llosa y Gorki y muy brevemente. Eso abre un sinfín de posibilidades. Aún así, no quería dejar de enviarte un libro por tu cumpleaños porque sé que te gusta leer y sé que podrás encontrar espacio para un nuevo ejemplar en tu hermoso librero. Te mando Viajes con Charley de John Steinbeck, cuando leí el resumen no pude evitar pensar en ti y el buen B. Logré imaginarlos viajando en carretera hacia alguna parte de nuestro trágico país. No sé si lo habrás hecho, pero parece una buena idea. También debo confesarte que Steinbeck es uno de mis autores favoritos y con esto confirmo lo que decía al inicio: siempre se interponen los gustos literarios de quien regala. Te pido una disculpita por eso y espero que disfrutes mucho este libro que aunque es un poco largo, estoy segura de que encontrarás el tiempo para leerlo.

¡Feliz cumpleaños! 

Mari


jueves, 2 de octubre de 2025

Poseída por Meredith Grey


Estoy furiosa. Escribo día y noche para destruir la idea que tengo de ti, pero eres un superviviente. Te he aniquilado mil veces y siempre queda algo de ti. Me persiguen la conversación que nunca tuvimos, la charla que ahora sí quieres tener y en lo único que puedo pensar es en Meredith Grey respondiéndole a Derek Shepherd. Estoy rota por dentro y no es tu culpa, pero por alguna razón quiero que te sientas culpable porque no soy capaz de afrontar esto sola. Entonces quiero hundirte conmigo porque siento que esa es la única forma en que voy a poder estar cerca de ti.


martes, 30 de septiembre de 2025

¿Acaso me lo imaginé todo?


Después de incendiar la pradera y revelar algunos secretos, por fin pude dormir tranquila después de dos largos meses. Debo confesar que fue el sueño más reparador que he tenido en años. Podría decir que fue gracias a que tuve los huevos que a ti te faltaron para enfrentar la situación, pero decir eso no solo sería grosero, sino ordinario. ¿Qué diría Borges de esa frase tan burda? Mejor digamos que cuando la tormenta se desata, siempre aparece alguien que sabe remar. A mí me tocó hacerlo porque si fuera por ti, ambos nos hubiéramos hundido en la misma mierda. Tranquilo, Borges sí admite este tipo de groserías.

Para tu mala suerte, yo no me olvido de nada. ¿Sabías que todavía guardo la envoltura del Sublime que nos regaló Cevs la primera vez que nos conocimos? Ahora tengo ganas de cortarla en mil pedacitos. Uno por cada mala decisión que tomé contigo. También guardo la hojita que coloreamos cuando salimos a comer, me da ganas de rayarla con un plumón negro indeleble, como si con eso fuera posible borrar el recuerdo de esa noche en la que me preguntaste: «¿Qué harías si ves que un asteroide está cayendo del cielo». También guardo en mi cerebro el olor de tu perfume de aquella vez que nos besamos en ese bar horrible de Barranco. Lo tengo tan impregnado dentro de mí que si fuera posible sería capaz de extraer una botellita de su esencia de entre mis recuerdos. Yo no me olvido de esa noche, de las luces fluorescentes, ni de la música de fondo, que seguramente fue una canción de salsa, que me permitió ponerte las manos sobre el cuello y colgarme de ti como si fuera un monito. Cuando te miré fijamente a los ojos, dijiste que te intimidaba. Te quitaste mis manos de encima y me volteaste la cara. Entonces supe que tenía que mirarte con más intensidad porque no podías admitir que te gustaba. 

Me he saturado de tantos recuerdos que a veces me cuesta creer que pasaron así. ¿No me lo estaré imaginando? ¿Realmente nos besamos esa noche? ¿Realmente me excité cuando me puse delante de ti y sentí como crecías? ¿Realmente no me importó intentar besarte frente a los demás? Mi último recuerdo de esa noche eres tú quitándome las manos de encima, diciendo «Espera, espera». Estabas avergonzado. A mí me daba igual. 

Cold, cold, cold inside.


lunes, 17 de agosto de 2020

Decisiones en medio de un pandemia


La idea de una ausencia impuesta resulta paradójica en medio de esta pandemia. Mucho más si nos enfocamos en el campo del amor, pues solemos pensar que quien no está presente es porque no tiene ningún interés hacia nosotros y no, necesariamente, porque se lo han impuesto. Sin embargo, la crisis sanitaria que estamos viviendo hoy nos ha revelado otra cara de esa ausencia. Mensajes como “porque te quiero me distancio” o “yo me quedo en casa para protegerte” nos hacen reflexionar sobre la importancia y responsabilidad que implica no estar presente físicamente con las personas que más nos importan. 

La naturaleza del virus que nos ataca hoy pone en cuestionamiento una de las creencias más arraigadas y populares de todos los tiempos: la necesidad del contacto físico como un elemento indispensable para demostrar afecto. Esto podría haber sido posible en un escenario en donde la tecnología no estuviera en su punto más álgido, pero esto no sucede en nuestra realidad. La masificación del black mirror nos sirve como un gran aliado para aliviar las ausencias físicas. Videollamadas, mensajes de texto y correos electrónicos son algunos sustitutos con los que podemos suplir esa ausencia impuesta.

Sin embargo, dentro de todo ese abanico de posibilidades que nos brinda la tecnología, solo hay algo que jamás podrá ser sustituible: una caricia. Ese delicado contacto que lo dice todo sin necesidad de recurrir al lenguaje o la mirada; más potente que una videollamada o un like en alguna red social. La tecnología jamás estará preparada siquiera para someterse a la búsqueda del sustituto de una caricia. Y es ahí, en medio de esta “nueva normalidad” en donde muchos nos cuestionamos ¿cuánto tiempo más estaré dispuesto a esperar por una caricia? 

El pensar que muchas personas ni siquiera podrán cuestionárselo porque ya no tienen a nadie nos revela dos caminos contrarios por los que podemos transitar. El primero implica arriesgarse y arriesgar a los demás con el fin de satisfacer una necesidad; el segundo, implica resignarse al confinamiento, mantenerse a salvo e intentar suplir con lo que se pueda esa ausencia. En ambos casos, lo único que importa es que las decisiones que se tomen estén basadas exclusivamente en el amor. De lo contrario, la satisfacción de esa necesidad o el confinamiento no tendrán ninguna razón de ser.


miércoles, 29 de enero de 2020

Soltar el veneno

La Shakira noventera suena bien para acompañar esas noches en las que decido darle rienda suelta a mi escritura. Son noches en las que tengo muchas ganas de escribir, pero no tengo un tema definido. En esas ocasiones, la música y una cerveza bien helada son de mucha ayuda. Decido darle play a esa canción que, a los cinco años y sin haber atravesado alguna situación parecida, disfrutaba cantar a todo pulmón. Veinte años después, me doy cuenta de que ahora sí tengo razones de sobra para cantar Si te vas con la intensidad que se merece.

Me detengo en la estrofa cumbre de esta canción. Esa que, muy probablemente, se convirtió en el refugio de aquellas muchachas que le regalaron sendas lágrimas a algún Bueno para nada que decidió cambiarlas sin mayor explicación. De pronto, me encuentro en armonía con mi Yo de cinco años; las lágrimas comienzan a formarse en estos ojos chinitos y un nudo seco se estanca en mi garganta. Comienzo:

Si te vas, si te vas, si te marchas
mi cielo se hará gris.
Si te vas, si te vas, ya no tienes
que venir por mí,
Si te vas, si te vas y me cambias
por esa bruja, pedazo de cuero
no vuelvas nunca más
Ya no estaré aquí.


Me digo a mí misma: lo mejor que pudo haberte pasado es que Flavio Pais te haya dejado. Por un momento, estoy tentada a creerme, pero las secuelas del flagelo emocional que eso significó todavía me persiguen. Me doy cuenta de que esa estrofa en particular resume el camino que todas las que fuimos reemplazadas quisiéramos transitar: la superación. Tengo claro que ya no estoy disponible para Flavio País, pero ¿lo estoy para alguien más?

Le doy muchas vueltas a este asunto porque me da terror caer en esa generalidad de que “todos los hombres son iguales”. Meter a todos en el mismo contenedor no es mi estilo, pero cada vez más comienzo a tomar como cierta dicha creencia. Las experiencias de mis amigas son un claro ejemplo: chicos que un día se aburrieron y las cambiaron o lo que es aún peor: chicos que poco a poco fueron despareciendo sin dejar mayor rastro. ¿Por qué es tan sencillo para ellos? Nosotras nos quedamos suspendidas sin tener muy claro qué es lo que acaba de suceder: ¿Se va para siempre?, ¿se va y vuelve? ¿se va con ella y sigue conmigo? Infinitas posibilidades de interpretar ese Ghosting o Replace tan característico de nosotros, los Millenials.

Lo peor es lo que viene después: creer que estás lista para conocer a alguien más, pero ante la más mínima muestra de empatía sales corriendo. Todavía hay un temor latente. O al menos eso es lo que yo he sentido cuando me he dado cuenta de que le estoy gustando a alguien. Hago énfasis en el presente continuo de esta expresión porque con mi actitud tan contradictoria, es normal que a largo plazo esta persona termine por desentenderse. El magnífico ejemplo, de "no eres tú, soy yo". Para pintar mejor el escenario, la situación es la siguiente: de pronto, esta chica que lanza sonrisitas, regala libros caros y likea todas las fotos de un muchacho, se presenta ante él como una irreverente extraña cuando es consciente de que su siembra ha dado cosecha. Y es aquí donde debo preguntarme, ¿a qué le temes Mari? Por ahora, solo me queda responder, con otra estrofa de la Shak del nuevo milenio:

No se puede vivir con tanto veneno
No se puede dedicar el alma
A acumular intentos
Pesa más la rabia que el cemento.

domingo, 29 de abril de 2018

Encuentro con mi asesor de tesis

Tres asientos más adelante, en un Congreso sobre las independencias, estaba sentado mi asesor de tesis de Licenciatura. Lo reconocí porque usaba la misma camisa que combinaba con el pantalón crema. Me quedé pensando si debía abordarlo y decirle con total sinceridad: "No tengo nada". Lo pensé mucho en verdad, tanto que dejé de seguir la discusión de la mesa central sobre las reformas económicas en el contexto de la independencia. Cuando esta terminó, respiré profundo y decidí que lo mejor sería escapar, esconderme o simplemente ignorar, pero las ganas por un poco de café me convencieron de salir de la sala con la certeza de que era muy probable que me lo encontrará afuera. Así fue.

Con mi café en la mano, lo vi a lo lejos y como si el momento estuviera predestinado, volteó su mirada hacía mí y me movió los dedos como suele hacerlo con casi todos sus alumnos a los que logra recordarles la cara. Se acercó, me dio un beso y me preguntó por mi tesis; le respondí que seguía en stand by y le cambié de tema: "¿Te vas a quedar para la mesa final?". Tomó un sorbo de su café y respondió evadiendo mi mirada: "Me vas a contar o nos evitamos la conversación". Me quedé callada intentando crear en mi cabeza la excusa perfecta para justificar que en casi un año de haber egresado no había escrito nada. Pensé en Ifemelu y su inseguridad por querer seguir un posgrado en Estados Unidos; al fin y al cabo yo había pensado en hacer el mío en Ciencias Políticas. Pensé también en mis múltiples trabajos y el poco tiempo que estos me dejaban para escribir; pero luego recordé mi entusiasmo por querer aprender sobre la hipertrofria muscular al punto de quedarme estudiando hasta las dos de la mañana. Mi conclusión fue que tenía tiempo, pero no era canalizado para mi tesis. 

Habían pasado quizá 5 segundos desde que me hizo la pregunta y todas estas ideas pasaron por mi mente; le contesté que era una cuestión de tiempo. Regresó su mirada hacia mis zapatos y me dijo: "Es bueno terminar las cosas, te vas a sentir mejor contigo misma". Mientras me habla yo solo podía pensar en que no se me daba la gana de hacerla; que me sentaba a leer los libros de Rosanvallon y no encontraba la emoción que sentí cuando leí por primera vez a Pocock y decidí que el pensamiento político decimonónico era el tema de tesis más idóneo para mí. ¿A caso era que leía al autor equivocado? Finalmente, ¿dónde residía la motivación?. Le sonreí confundida, aclarándole que no era la clase de persona que dejaba las cosas a medias y que realmente todo se resumía a una cuestión de tiempo. Me tocó el brazo izquierdo, como si quisiera consolarme pero sin tanta cercanía y se fue. Yo decidí entrar a la sala y sentarme en el lugar más lejano. Tenía mucho que pensar. 

Sentada en una esquina del auditorio me pregunté: ¿por qué escribes en tu blog y no tu tesis?; ¿por qué haces videos para YouTube y no tu tesis? ¿Por qué quieres escribir un libro sobre San Juan de Lurigancho si aún no redactas el primer capítulo de tesis? Volví a pensar en Ifemelu y su preocupación por lo alienante que puede llegar a ser el mundo académico: "A veces tengo la sensación de que viven en un universo académico paralelo usando su jerga académica en lugar de hablar en inglés, y a la hora de la verdad no saben qué ocurre en el mundo real". Me preguntaba a quién podría interesarle mi tema de tesis, quizá ninguna persona terminaría consultándola si es que la llegara a publicar. Me veía relegada, con un tema de tesis incomprensible y confirmando la consigna de mi asesor de que era una persona que dejaba las cosas a med... .