miércoles, 16 de septiembre de 2015

Los perros de la estación

Cuando me encuentro en la cola para entrar a la estación se avecinan dos perros rústicamente vestidos. Caminan como si la ruta no les fuera extraña, como si esquivar los pies de las personas fuera algo cotidiano. Y es que en verdad lo es, porque han hecho de la estación su hogar perenne y los empleados los han acogido de buena manera. Sospecho que son estos quienes le compraron aquella vestimenta para contrarrestar el frío que hace por acá y quienes también los alimentan al pie de los torniquetes. 
Por la mañana estos se encuentran muy despiertos, vivaces porque la gente comienza a llegar muy temprano y a hacer bulla. Pero ellos viven en su mundo, deambulan en círculos sin querer dejar la estación, no cruzan la pista se quedan ahí. Por la noche, siguen ahí al costado de los torniquetes, pero esta vez ya durmiendo, la gente transita por su lado y ellos siguen ahí sin inmutarse de la bulla, de las personas que los pisan: ellos solo duermen.
No tienen nombre, la gente los llama con sonidos de besos, o con onomatopeyas "Guau, guau" dice una pequeña que se anima a acariciarlos, pues son tranquilos, no muerden ni gruñen. Asumen esa actitud pacífica quizá porque son conscientes de que no deben causar ningún disturbio. A las 11 de la noche, la estación cierra sus puertas, ya nadie puede quedarse adentro, entonces estos salen y duermen al pie de la puerta, abrigados y alimentados- quizá por los empleados, quizá por los usuarios-. Se quedan ahí enroscados en su propio calor. Al día siguiente comienza la misma rutina, deben levantarse a las 5:50 que abren las puertas, entran un momento y continúan con el sueño interrumpido, a las 6:30 vuelven a despertar y pasan entre las largas colas, nadie los bota, nadie les dice nada, son los perros adoptados por la estación, quizá porque el escenario en que esto transcurre hace posible esto. No podría ser posible en la ciudad en donde no hay perros callejeros, en donde hay grandes avenidas y la municipalidad te multa si no cruzas debidamente por las líneas peatonales. Aquí en los conos, hay más flexibilidad -por no decir informalidad- siempre hay perros en las calles; de ahí que nadie se inmuta.