Probablemente, en muchos países de América Latina exista un lugar como Mesa Redonda. Un lugar comercial, lleno de ambulantes informales que mueve millones de soles todos los años. Es un lugar marginal que está ubicado en el Centro de Lima, muy cerca al Centro Histórico. Lo que en el Jockey Plaza o en Plaza San Miguel te puede costar 100 soles, aquí lo encuentras a 30: el producto no es el mismo, pero se parece.
Cada año, en los meses de noviembre y diciembre, la Municipalidad de Lima enloquece con las políticas de seguridad y control, pues la gente que llega a hacer compras inunda las calles desde Jr. Huallaga hasta Jr. Puno. El mismo dilema de siempre: "¡solo queremos trabajar!" dicen los ambulantes y yo por dentro digo "¡¡qué se queden, que se queden!!". Por alguna extraña razón me gusta la informalidad, me gusta caminar por las calles y ver las cosas curiosas que venden. Sin embargo, el Serenazgo les dice "¡Aquí no, mamita. Ves que no hay espacio!" y les levanta todas sus cosas, pero hay muchos más como ellos por ahí; así que uno menos no hace gran diferencia. Los canales de televisión transmiten con drones como se ven las abarrotadas calles de Jr. Cusco. Al frente, cruzando el Mercado Central, en la tienda de electrodomésticos mi papá debe pensar: "¡Qué gran venta!"; se sube a la azotea y alucina que todos vendrán a comprar a la esquina de la tecnología. Todos quieren ganar; "¡vamos, es navidad! todos merecen sacar un sencillo" siempre digo, pero a cambio de qué, ¿de inseguridad?
Siempre pienso en el incendio del 2001. Mi papá estuvo ahí, desde la azotea vio como todo se quemaba. Nos llamo al instante y nos dijo "Ni se les ocurra venir al Centro, prendan la televisión", todavía no salía nada en las pantallas porque a la prensa se le hizo dificil llegar. Fuimos una semana después, yo tenía 8 años, pero me alucinaba reportera y le preguntaba a todos dónde habían estado cuando el sucedió el incendio. Algunos decía que comiendo, otros que atendiendo, pero que cuando vieron como el fuego se acercaba como olas gigantes salieron corriendo, a pesar de que los dueños para los que trabajan les rogaban que se quedasen. Fueron sobrevivientes y estaban nuevamente ahí, vendiendo lo que habían rescatado mientras alrededor todo estaba carbonizado. Con mamá entramos a una galería, con paredes negras, cenizas por todos lados; mi mamá decía "Ya regresa, esto se puede derrumbar" y seguíamos caminando por las calles, las calles a las que siempre me gustaba ir a pesar de todo el tumulto ahora estaban carbonizadas con un olor a muerto, con las cenizas que emitían llantos y gritos de desesperación.
Cada año en la noticias recurdan el incendio, entrevistan a las víctimas, a los deudos, les preguntan "¿te dieron alguna indemnización?", "¿qué está haciendo el Estado por ustedes?" Las respuestas siempre son las mismas: "No, señorita, nada". Y me quedo con la desazón de saber que este caso aún no se soluciona. Ir al Mercado Central hoy me parece igual que hace más de 10 años, solo que ahora más gente porque hay más serenos, más policías; pero nunca nadie te restringe el ingreso a pesar de lo abarrotadas que pueden estar las calles. Que tienes que caminar como en procesión, pegaditos y todos se dicen, "si pasa algo, nos encontramos en tal lugar", tienen el incendio bien interiorizado porque en el fondo saben que puede volver a suceder. Saben que a pesar de que haya seguridad, estos nada podrán hacer porque el miedo te vuelve egoísta, te hace pensar solo en los tuyos. El estigma del incendio sigue en mucha gente, que vuelve a las calles de Mercado Central en la misma época a seguir comprando, llevan a sus niños como si no hubieran aprendido la lección, como si las palabras de las víctimas fueran en vano. Salen felices con las compras del día, los comerciantes quedan felices, los compradores también, los del transporte también, pero ¿cuánto más durará esta felicidad?








