*Esta es una versión corregida y aumentada
del relato que escribí en el 2017.
del relato que escribí en el 2017.
Tres asientos más adelante, en un Congreso sobre
las independencias iberoamericanas,
estaba sentado mi asesor de tesis de Licenciatura. Lo reconocí porque usaba el
mismo pantalón crema de la vez que le pedí que fuera mi asesor de tesis. Me
quedé pensando en si debía abordarlo y decirle con total sinceridad: "No tengo nada". Lo pensé mucho, en verdad; al punto de
dejar de lado la discusión de la mesa sobre la Campaña de Intermedios.
Cuando la ponencia terminó respiré profundo y
decidí que lo mejor sería escapar, esconderme o simplemente ignorar, pero las
ganas por un poco de café me convencieron de salir de la sala con la certeza de
que lo encontraría afuera. Y así fue. Con mi café en mano, lo vi a lo lejos y
como si el momento estuviera predestinado, volteó su mirada hacía mí y me movió
los dedos como suele hacerlo con casi todos sus alumnos a los que logra
recordarles la cara. Se acercó, me dio un beso y directamente me preguntó:
–¿Cómo te ha ido? ¿Cómo van esos avances?
–Pues… En stand
by, por ahora –le respondí y preferí cambiarle de tema.
–¿Te vas a quedar para la
ponencia final? –pregunté.
Bebió un sorbo de su café y respondió evadiendo mi mirada.
–¿Me vas a contar o nos evitamos
la conversación? –me quedé callada; intentando crear en mi cabeza la
excusa perfecta para justificar que a casi un año de haber egresado no había
escrito nada.
Pensé en justificarme con mis cuatro trabajos y el
poco tiempo que estos me dejaban para escribir. Pero entonces él respondería
que no tenía claras mis prioridades. Lo cual era totalmente cierto. Para mí
terminar mi tesis no había sido, ni por asomo, una prioridad.
La experiencia de mis amigos licenciados y sin
trabajo me había hecho cuestionar la validez de un título, mucho más en este
país. Sabía que tener un título en el Perú no te aseguraba un puesto de trabajo
y esa consigna no solo se cumplía en las carreras “comerciales”, sino también
en las que estaban destinadas al fracaso económico como las Humanidades.
Dentro de la Academia, un mundo de egos y
personalidades, no tener un título significaba un sacrilegio. Pero incluso si
lo tuvieras, un título por sí solo no sería válido si no procedía de alguna de
las universidades del “gran Consorcio”. Para publicar, para postular a una
beca, para obtener financiamiento de investigación o para dictar un curso no
solo necesitabas haber superado la valla del bachillerato, sino ser parte de la
argolla.
A pesar de este escenario, podría decir que mi caso
era excepcional. Había sido buena alumna en el pregrado; había sido asistente
de investigación de muchos profesores que conocían cuán responsable y
comprometida podía llegar a ser y eso me había permitido comenzar a trabajar,
con buenas recomendaciones, desde de que era una estudiante.
Para el
último año de mi carrera había transitado por tantos puestos de trabajo por los
que una estudiante de Historia jamás pensaría transitar. Cuando egresé de la
Facultad tenía tres trabajos dentro de las otroras instituciones más
importantes del Antiguo Régimen: la universidad, la Iglesia y el gobierno
central.
La gente con la que trabajaba se sorprendía de que
yo pudiera desempeñar mis actividades con tan solo tener el grado de Bachiller.
Y eso, en lugar de generarme una preocupación, terminaba por confirmar una
teoría que arrastraba desde el colegio: “eres más que una nota” que situándolo
en este contexto se convertía en “eres más que un título”.
Cuando no lograba sacarme 20 en los exámenes
escolares, llegaba a casa hecha una mar de lágrimas. Me daba latigazos mentales
tan fuertes a mí misma que mi mamá tenía que interceder por mí para que pare.
Fue ella quien me dijo que una nota no me definía y para comprobarlo volvía a
tomarme cada una de las preguntas de mis exámenes fallidos. Yo quedaba
sorprendida al notar que en esta segunda vuelta no tenía los errores que en la
primera.
Esa
experiencia también me llevó a odiar los exámenes. Odiaba tener que estudiar
para obtener una nota, prefería hacerlo por el simple hecho de aprender. Ese
sentimiento se trasladó a mi vida universitaria. Nunca tuve las mejores notas,
pero sí las mejores intervenciones en clases porque eso era algo que no se
podía cuantificar. Más allá de la ética del profesor, que bien podría decir que
tu comentario era bueno o malo, estaba de por medio la discusión de una
hipótesis que, como todos sabemos, no pueden ser buenas ni malas, sino solo
válidas.
Así que
cuando llegó el momento de hacer el Seminario de Tesis entré en un conflicto
mayor porque debía plantear una investigación para obtener un título. Mi
investigación tendría que ser obligatoriamente calificada. O sea, que si no le
gustaba al jurado no podía ostentar el título de historiadora. Me parecía algo
banal.
La idea tomaba más fuerza si hacía referencia a
grandes historiadores que nunca en su vida estudiaron la carrera, sino que más
bien fueron volviéndose historiadores en la práctica. Cada vez que alguien me
preguntaba por mis tesis solía citar como respuesta a Rostorowski:
–Ahí tienen a María Rostoroswki: alumna libre en
San Marcos que nunca tuvo que lidiar con el delirio de algún asesor de tesis.
Ahí la tienen con sus más de treinta publicaciones, todas muy exitosas y de
referencia obligatoria para la historiografía nacional.
–Sí, pero tú no eres ella. Ni si quiera estar cerca
de serlo –solían responderme mis compañeros entre burlas.
–¿No sería mejor que la acabes de una vez y te
olvides ya de ese tema? –solían responderme otros. Mi respuesta era igual para
todos.
–Es una cuestión de tiempo. Ya va a salir y si es
sin presiones, saldrá más rápido –lo cierto era que ya había cambiado dos veces
el tema de tesis y me iba por un cambio más.
Había concebido la idea de hacer mi tesis no como
un proyecto guiado por el descubrimiento de la investigación, sino por la
absurda idea de que tenía que acabarlo porque me encontraba contra el tiempo.
Los mismos profesores nos decían “Mientras más rápido lo acaben, mejor”. Habían
reducido la cantidad de páginas de entrega a 90. Todo para que los alumnos no
planteen una investigación que les tomara más tiempo del límite previsto por la
Facultad.
Yo no entendía cómo podía ser esto posible. Sabía
que los tiempos en una investigación podían ser flexibles, por lo mismo que
eran guiados por las hipótesis que surgían en el camino. Pero esto era otra
cosa. Aquí no importaba qué tan sustentada ni inédita podía ser tu
investigación; lo que importaba era que lo que fuera que hicieses lo hicieras
fácil y rápido.
Mi asesor había sugerido el tema de mi tesis,
después de que le enseñara el borrador de mi primer proyecto. Había dicho que
me tomaría mucho tiempo y que lo mejor sería reducirlo y enfocar las ideas en
el ideólogo que él había comenzado a estudiar. Acepté la propuesta con
resignación, pero con la certeza de que iría por buen camino. Algunos de mis
trabajos como asistente de investigación se encontraban ligados a ese tema, así
que pensé que podía ser una buena idea. No lo fue.
Después de un año, no sabía cómo explicarle a mi
asesor que me sentaba a leer los libros de Rosanvallon y no encontraba la
emoción ni la motivación que sentí cuando lo leí por primera vez. O la
determinación que sentí cuando leí a Pocock o Dosse y decidí que el pensamiento
político decimonónico sería el tema de tesis perfecto para mí.
Frente a la puerta del auditorio, mi asesor y yo
seguíamos parados de lado mirando a los estudiantes transitar por el
Tontódromo. Él seguía sin ninguna intención de querer mirarme a la cara, casi
nunca lo hacía. Me hablaba mirando al aire o mirando el piso. Eran pocas las veces
que hacíamos contacto visual y cuando sucedía yo bajaba la mirada porque no
soportaba el brillo intenso de sus pupilas celestes.
–Es bueno terminar las cosas, vas a ver que te
sentirás mejor contigo misma –me dijo mirando al cielo. Le sonreí confundida porque
no estaba segura de haberme sentido mal conmigo misma en algún momento por el
simple hecho de no haber terminado mi tesis. También sabía que no era de esas
personas que dejaban las cosas a medias, pero él lo suponía que era así e
incluso pensaba que esa condición podría generarme alguna incomodidad.
Cuando el café se acabó, anunciaron que pronto
comenzaría la siguiente ponencia sobre la Segunda Campañas de Intermedios. Mi
asesor me tocó el brazo izquierdo como si quisiera consolarme, pero sin tanta
cercanía y se fue. Yo decidí entrar al auditorio
y sentarme en el lugar más lejano. Tenía mucho que pensar.
Sentada en una esquina me pregunté si la motivación
y mis absurdos ideales debían regir mi investigación. Al fin y al cabo, nada me
costaba sentarme y escribir a la fuerza. Muchos escritores eran constantemente
asediados por sus editores, ¿por qué no asediarme a mí misma una vez más?
Ahora me sentía contrariada, encadenada a una tesis
sin forma, sin inicio, ni final. Una tesis que corría contra el tiempo y que,
tarde o temprano comenzaría a mostrar los efectos de no haberla redactado en el
periodo acordado. Acepté que estaba perdida entre lecturas vacías e hipótesis
sin fundamentos y que, en el fondo, no era tan excepcional como lo había
creído. Todo parecía confirmar la consigna de mi asesor de que, en efecto, yo era
una persona que dejaba las cosas a med...












