Por las mañanas al despertar, Emilia reposaba su mirada sobre el librero que tenía frente a su
cama. Seguía en línea horizontal la continuidad de los libros que había
acumulado desde que aprendió a leer. Con precisión, inspeccionaba que cada uno
estuviera correctamente apilado en el lugar que le correspondía. De una manera
inexorable, precipitaba su recorrido hacia la tercera repisa que le revelaría,
una vez más, la ausencia de su libro más preciado.
—Algún día regresarás a
tu lugar, Sabines. Todo es cuestión de tiempo y quién sabe si también de
justicia— La ausencia de su libro la había llevado a cuestionarse en dónde
residía ese sentido de justicia que, se supone, debería aplicarse a un caso
como el suyo. No podía ser posible que la traición no fuera sancionada, pero ¿quién
sería el encargado de ejecutar dicho castigo? O mejor aún ¿sobre quién debía
recaer dicho castigo? Después de muchos intentos fallidos por recuperar lo que
era suyo se convenció de que debía ser ella misma la encargada de poner fin a
sus angustias.
—Si todavía te queda un
poco de cariño hacia mí, Adrián, por favor devuélveme mi libro. No te sirve
para nada tenerlo.
—Mañana pasaré a dejarlo—
le había respondido Adrián en un escueto y protocolar email que nunca se llegó
a concretar. Un mes después, Emilia todavía
seguía revisando su librero
con la ilusión de que el libro de Sabines apareciera mágicamente en la tercera repisa.
La frustración la envolvía todos los días en eternos soliloquios que terminaban
siempre en el mismo punto de partida: la ausencia del libro arrebatado.
—¿Quién carajos se cree este tipo para
quedarse con algo que no es suyo? ¿Acaso no le bastó con haberme puesto los cuernos
y dejarme en ridículo frente a todo el mundo? ¿Qué más quiere de mí? Le he
dejado todo: que se quede con la bicicleta, con la colección de Hitchcock,
incluso con los pasajes a Arequipa. Lo único que le pedí a cambio fue que regresara
lo que era mío y no se le dio la puta gana de hacerlo. ¡Maldita sea la hora en
que se lo di!
La furia interminable y
la rutinaria contabilidad de sus libros estuvieron a punto de llegar a su fin
esa noche cuando Emilia se dio cuenta de que no tenía nada que perder. Se había
asumido a sí misma como una justiciera que entregaba su alma para que el orden
impere en la humanidad. Se apuró en recopilar
todos los mensajes de amor que alguna vez Adrián le había escrito; se sumergió
en el archivo de su computadora para recuperar de la Papelera las bellísimas fotos
tomadas en Marcahuasi y Santa María, y, finalmente, reunió los pedazos destrozados con odio del retrato que
Adrián le había dibujado el día que cumplió veinticinco años. Todo estaba
consumado.
Sentada frente a su
computadora, Emilia volvió a mirar el vacío inerte del lugar que ocupaba su
libro y tomó el valor necesario para escribir ese vómito verbal que la había
atragantado desde que se enteró que había sido la amante de Adrián por ocho
meses. Adjuntó todas las “pruebas” y redactó un email confesional que no solo revelaría
la verdadera cara de Adrián, sino que también sería la vía directa para
recuperar su libro.
Transcurrieron algunas
horas para que Emilia recibiera la llamada consternada de Adrián.
—No tenías por qué hacerlo,
Emilia.
—Se llama sororidad,
imbécil. Ella merece saber la basura que tiene a su lado. Y, sobre todo, lo
hice porque no cumpliste con lo que me prometiste.
—No te voy a devolver
nada, pendeja. No me vuelvas a buscar.
El sonido de la llamada
descolgada y el pitido estridente de las operadoras telefónicas resonaron en su
cabeza hasta el amanecer. Inerte, tendida en su cama miró hacia la ventana y
pensó:
—Parece que es hora de
dejarte ir, Sabines. Créeme que lo intenté hasta más no poder. Quizá pueda conseguir una
nueva edición, una más bonita y con tapa más dura. Será distinta, pero por
dentro seguirás siendo tú mismo, Sabines. Solo quiero una semana para entender
las cosas porque esto es muy parecido a estar saliendo de un manicomio para
entrar a un panteón.
*Según Jacques Lacan el "Objeto a" es un significante de falta. No es un objeto tangible, sino la noción de un deseo inalcanzable que puede expresarse en cosas materiales o sensaciones.
*Según Jacques Lacan el "Objeto a" es un significante de falta. No es un objeto tangible, sino la noción de un deseo inalcanzable que puede expresarse en cosas materiales o sensaciones.













