viernes, 27 de febrero de 2015

The once he talked with his friends

La vez que decidió darse una nueva oportunidad, Luis pensó "Y ¿cómo carajos se hace eso?". Miró al suelo y recordó cuando perdió su trabajo de tesis y tuvo que comenzar a reescribirlo todo otra vez. Pensó entonces que sería algo así como cuando empiezas de nuevo, pero no olvidando todo lo que pasó, sino tratando de hacerlo mejor esta vez. Discutió de esto con algunos amigos y sus respectivas chelas. Algunos dijeron que cuando se comienza de nuevo, se comienza desde cero; como arrancado una página, como si nada jamás hubiera pasado; entonces otro le replicaba que era inevitable recordar todo lo que había sucedido; dijo que su "comenzar de nuevo" era una manera absurda de borrar el pasado y que jamás se podría comenzar algo nuevo, si el pasado no era superado debidamente. Luis aprobó dicho argumento y les dijo a todos: "Esa mierda de comenzar de nuevo, de darte una nueva oportunidad no es más que una frase trillada, si en verdad hubiera querido darme la oportunidad de hacer algo distinto no me lo habría preguntado, solo habría pasado, pero no. ¿Qué pasó entonces?" Todos se miraron entre ellos sin saber qué responder, entonces uno de ellos dijo "Estás madurando, mejor dicho envejeciendo". Esta vez no se miraron entre ellos, todos miraron a cualquier lado pensando en que cuando uno se hace más grande, las nuevas oportunidades son más difíciles de tomar, pero siempre son las más gratificantes no porque hayan sido exitosas, sino porque nos demuestran que somos capaces de arriesgarlo todo. Las chelas ya se estaban acabando y Pedro dijo, "Luchito, unas chelitas nuevas, pues".
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domingo, 8 de febrero de 2015

The once we danced

Llegaron a mi casa unos amigos con los que había compartido casi la mitad de mi vida, pero que ahora parecían unos extraños. Los vi mayores, pero con la misma mirada;  también con la misma jerga de gestos de siempre y la confianza casi intacta, quizá  porque el estar en grupo nos daba esas licencias. Apenas abrí la puerta me dijeron, "Ya pe chato tas libre ahorita, baja un toque a mi casa". Hasta ese momento, no me había percatado de ella: estaba medio callada y solo me miraba; quizá porque recién íbamos a tener algún contacto visual después de diez años, a pesar de vivir a un par de casas. Entonces le dije, "Oye ¿y tú?, al fin te dejas ver". Ella me miro y entre risas dijo "Baja un toque, va a haber buen dancing". Solo ahí recordé que los últimos años del colegio, ella había sido mi pareja de baile en todas las actividades, y si no fue la de prom fue porque otro era más alto que yo. Entonces, llamé a mi hermano, le dije 'vao un toque acá a la vuelta'; dijo que iría en un par de horas, no se le veía muy animado. Salimos los cuatro de mi casa y nos fuimos caminando bordeando el parque. La veía feliz como si le gustara esas caminadas sin rumbo en la noche como quien busca algo chévere para hacer. Cuando llegamos a la casa de este pata, ella se fue a la mesa y comenzó a preparar los tragos y tuve un flashback en donde ella comenzaba a servirnos chocolate caliente en su casa. Yo solo podía pensar en "¿Cuántos años han pasado? Mierda". No me puedo quejar de la precisión de alcohol en las bebidas, su intención era que todos entremos en calores lo más rápido posible, así que me lo tomé lentito. Cuando la vi sola, me acerqué y le pregunté qué hacía, si ya  trabajaba, pero todo eso parecía aburrirle. Entonces le vi los pies, los movía delicadamente, quizá para no parecer desesperada por bailar. Me acerqué a la radio y mismo Dj me puse una salsita pegadita y le dije, "Sí va a ver buen dancing". Se levantó al toque y entré en un dilema porque no pensé que bailaría tan bien; cada vez se me acababan los pasos para impresionarla y apelé a la conversadera salsera. Me enteré de algunas cosas bien chéveres, algunos chismes de la gente del barrio: me sentía como hace algunos años atrás cuando llegaba temprano a clases y solo me quedaba hablar con ella.
Casi como a las 4 el gordo no botó de su casa; volvimos a emprender la caminadera, pero esta vez de verdad sin rumbo, buscando algo chévere por hacer. "Vao a mi jato caarajo" dije, quizá dando la impresión de que la precisión de alcohol había hecho el efecto deseado. Todos dijeron ya y nos emprendimos en la caminada. A ella la veía como si nada, tenía la caminada de chica creída de siempre, pero me gustaba porque miraba siempre al frente como si quiere hacerse respetar, "¿de quién? Nadie la iba a molestar, pero a ella le gustaba andar así". LLegamos a mi casa, con todo el trago en la mano, pero estaba ve no se fue directo a la mesa a ponernos la dosis, se hizo la de DJ y nos puso música de nuestra época, debo confesar que la ocasión lo ameritaba, la dejé hacer sus payasadas un rato, pero luego le dije "ponte un salsita" y la otra se fue hasta los 60'. Entonces la boté como solía hacerlo hace diez años atrás, pero me respondió con un sutil toque feminista entonces solo atiné a decirle "Mayimbe".
Después de varios bailes, a las 6 am me apoderé de la música y le metí salsa hasta no poder más, parecía que a ella le encantaba. Entonces la saque a bailar como ya prediciendo que sería la última vez y la agarré bien fuerte de la cintura y le hice la de mil vueltas, la de los pasos de salón; ella me respondía bien, bastante bien a pesar de que, como dice ella, nadie le enseño a bailar salsa. Le metí cara un par de veces, pero no respondió, entonces solo ahí me di cuenta de que había sido utilizado. Lo que ella quería era bailar, yo sabía como hacerlo, y en verdad no me importó ni un poquito porque recordé que ella había sido mi eterna pareja de baile y era algo que debía cumplir. 

martes, 3 de febrero de 2015

The red shaddow


El chico de la sombra roja, el de los pies descalzos y piel corrompida lucha por volverse constante en el tiempo. Intenta una mala maniobra: actúa como si nada pasara con el enemigo, quizá porque este es su 'amigo'; entonces, no se le enfrenta, no lo reta porque quiere causar naturalidad como si esta fuera una cualidad que podría usar como defensa. La fuerza en la batalla no es indispensable, la táctica tampoco, lo interesante de este particular enfrentamiento es que el vencedor no será  necesariamente el más apto, sino aquel que logre hacer brillar su sombra y con ello deshacer la idea de que a la batalla hay que ir precavido, organizado, mentalizado. A veces, la espontaneidad puede jugar a favor de una de las partes. El chico de la sombra roja, el de los pies descalzos y piel corrompida está convencido de que la fuerza no está en las manos, sino en la facilidad de la palabra.

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