Por las mañanas al
despertar, Emilia reposaba su mirada sobre el librero que tenía frente a su
cama. Seguía en línea horizontal la continuidad de los libros que había
acumulado desde que aprendió a leer. Con precisión, inspeccionaba que cada uno
estuviera correctamente apilado en el lugar que le correspondía. De una manera
inexorable, precipitaba su recorrido hacia la tercera repisa que le revelaría,
una vez más, la ausencia de su libro más preciado.
—Algún día regresarás a
tu lugar, Sabines. Todo es cuestión de tiempo y quién sabe si también de
justicia— Aquella ansiada antología tenía las hojas dobladas en sus poemas
favoritos; apuntes en los bordes de las páginas con una letra encriptada que
solo ella sería capaz de descifrar y, en la parte de atrás, poemas improvisados
inspirados en los versos del poeta chiapaneco. Emilia recordaba con frustración
el momento en que decidió prestarle su libro a Adrián. La falsa promesa de una
devolución debió haberla puesto en alerta de que su libro estaba en manos
equivocadas, pero en ese entonces ella solo pensaba en el amor como una
prórroga perpetua. No era consciente de los finales precipitados, ni de traiciones
inesperadas, ni siquiera, de que los libros podían ser secuestrados.
La rutinaria contabilidad
de los títulos de su librero la sumergían en eternos soliloquios sobre las
diversas formas de recuperar el libro ausente. Pero esa mañana, mientras lanzaba teorías al aire,
Emilia se detuvo a mirar con más precisión el vacío inerte que había dejado el
libro de Sabines y se dio cuenta de que ahí había espacio suficiente para dos o
incluso tres libros más. Tampoco se había percatado de que tenía algunos poemarios
regados sobre su escritorio que pugnaban por una ubicación en el abarrotado
librero. Por un momento, pensó lo bien que sería ver ahí las portadas de Ritsos
y Larkin que acababa de comprar, pero se negó a usurpar ese vacío con cualquier
otro libro.
—Esperaré un poco más. Todavía puede regresar— Pero en el fondo sabía que no sucedería. Había pasado ya un mes y Emilia
todavía contemplaba ese vacío con la ilusión de que la antología de Sabines apareciera
mágicamente ahí. Sentada, una vez más, frente a su librero, volvió a mirar ese espacio
reservado y se preguntó si realmente valía la pena seguir esperando. Un sentimiento
de culpa se apoderó de ella por todas las veces que había sido condescendiente
con Adrián y se resignó a que debía ser ella misma la encargada de poner fin a
sus angustias. Comprar un nuevo libro parecía ser la solución.
Caminó hasta la librería más
cercana decidida a regresar con una nueva edición de la obra de Sabines. Volvería
a doblar las hojas en sus poemas favoritos y a escribir con letra encriptada en
los bordes de las páginas para recrear la esencia perdida. Al llegar, recorrió
los pasillos de poesía y se emocionó con el anuncio de las nuevas reediciones
de Varela y de Cornejo, pero recordó el motivo por el que estaba ahí. Comenzó a
remover uno tras otro los libros del estante para sumergirse en una búsqueda milimétrica.
Siguió con el dedo índice la ubicación incoherente de los libros colocados en
la repisa de poetas latinoamericanos y encontró a Sabines en la mitad del
camino recorrido.
Al tenerlo entre sus
manos, Emilia buscó el poema que había desencadenado su desgracia y dejó a un lado su
frustración para recordar el verdadero motivo porque había aceptado entregárselo a Adrián. Ese libro había dejado de ser suyo cuando
al leerlo, pensó en él. Trescientas noventaiocho páginas estaban el poder de su destinatario, abandonadas en una repisa que acumulaba polvo entre sus
hojas y se convertía en el hogar de persistentes polillas. Ese libro ya no era
suyo y a él no le servía para nada.
—¿Lo va a llevar? —interrumpió
el vendedor.
—No… Solo estoy viendo.
—Por si le interesa,
acaban de llegarnos nuevas ediciones de Rimbaud.
—No me vendría
mal otra temporada en el infierno.
Agradezco mucho a María Claudia Huerta y José Barrera
por los comentarios que le hicieron a la
versión previa de este cuento.


















