miércoles, 30 de octubre de 2019

Una revelación



Comienzo a pensar en J de otra manera. No es su contorneado físico lo que me atrae, sino lo que pueda llegar a decirme. He imaginado situaciones idílicas en las que discutimos sobre la prosa de Cisneros o Bukowski mientras destapamos dos chelas y me ha dado cuenta  de que no habría nada más perfecto para anticipar un buen tire. Por alguna razón creo que J puede ser bueno en la cama; eso me ha llevado a albergar muchas expectativas sobre algo que probablemente jamás llegue a suceder. ¿Qué hacer con estas ganas? No estaría mal superar nuestros "holas" y "chaus" para llegar a los "ala mierda qué rico" y "no pares conchatumadre". El tiempo y mis nuevos PRs revelarán el camino a seguir.


martes, 22 de octubre de 2019

Reseña "La Revolución y la Tierra"



El documental dirigido por Gonzalo Benavente “La revolución y la tierra” ha sido una de las grandes revelaciones audiovisuales del 2019. En la conmemoración de los cincuenta años de la Reforma Agraria de Juan Velasco Alvarado resulta de mucha importancia poner sobre el ojo público las grandes transformaciones que se desprendieron de su ejecución: la abolición del servilismo indígena perpetuado por los grandes hacendados y la justa redistribución de propiedades agrícolas.

Esta reseña no abordará en específico los hechos cronológicos de la Reforma, pues existe una extensa bibliografía sobre el tema. Lo que me interesa hacer aquí es analizar cuál es el discurso histórico y audiovisual que subyace al documental. Es necesario considerar dentro de este análisis un componente determinante en la narración, ya sea histórica y/o audiovisual: la objetividad. Es muy común que la gente que recurre a leer libros de historia y ver documentales busca encontrar la verdad absoluta sobre algún hecho específico. Sin embargo, se olvidan de que la verdad, por sí misma, es subjetiva y está condicionada por otros factores como las experiencias personales, la formación educativa, las orientaciones políticas, etc. que, finalmente, son los elementos que validan como verdadera o falsa la información en cuestión. En ese sentido, es desde esta perspectiva que debemos mirar el documental de Benavente: no como un cristal que nos revelará la verdad sobre los efectos de la Reforma Agraria o sobre el mismo gobierno de Velasco, sino más bien debemos prestar atención a los recursos que nos presenta: las fuentes de información que utiliza, la intención con la que nos la presenta y, sobre todo, qué valoración le damos nosotros mismos a todo ello.

El documental inicia con un recuento de la situación del indígena campesino desde la época colonial hasta los primeros años de la república del siglo XX. Es interesante ver la explicación de esta transformación de la mano de investigadores como Nelson Manrique, María Isabel Remy, Antonio Zapata y Enrique Mayer quienes concuerdan en que el indígena ha atravesado una situación de opresión y esclavitud desde muchos siglos atrás. Se deja claro que esta condición tiene raíces históricas y no aparece como un cuento que se le ocurrió a Velasco.

Para graficar este escenario, Benavente incluye extractos de películas realizadas en el contexto de la Reforma Agraria que fueron dirigidas por reconocidos cineastas como Fico García, Nora de Izcue y Armando Robles Godoy y que parecían haber quedado en el olvido hasta el día de hoy. Este recurso es el que más ha destacado a lo largo del documental porque en muchos casos tiene como protagonistas a los mismos líderes campesinos como Saturnino Hillca en Runan Caycu y nos permite comprender de una forma más cercana la situación que se vivía en ese contexto. La inclusión de estas cintas ha sido definitivamente un punto a favor de este documental, no solo por lo ya mencionado, sino porque pone en valor películas que fueron censuradas en su época o simplemente se dieron por perdidas.

Con el panorama presentado sobre la situación del indígena, el documental prosigue con la sucesión de gobiernos que se incluyen dentro de la llamada “República Aristocrática” que mantuvo la condición de opresión de los indígenas por muchos años más. Los investigadores entrevistados también coinciden y respaldan esta afirmación. Sin embargo, el discurso del documental cambia con la llegada al poder del Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas de la mano de Juan Velasco Alvarado, pues se intenta demostrar que hubo un antes y un después en nuestra historia. Benavente es muy claro en afirmar que su documental acepta el cariz transformador del gobierno de Velasco no solo con la Reforma Agraria[1], sino también con la Reforma Educativa del 72. La opinión de los entrevistados también se vuelve unísona y concuerdan en la huella transformadora del Gobierno RRFFAA. Hasta este punto se podría pensar que el documental es una apología a Velasco y su gobierno, pero no. No es así.

Con el debate en torno a los efectos de la Reforma Agraria se puede evidenciar que el documental intenta presentar los puntos positivos y negativos al momento de su ejecución. Es preciso mencionar que se resalta las nefastas consecuencias que dejó la Reforma en la economía, pero también el gran cambio que hubo en la condición del campesino indígena y su liberación del yugo de los grandes hacendados. Benavente intenta mostrar los dos lados de la moneda, pero sus recursos resultan un tanto insuficientes si consideramos que no presenta las voces de todos los actores involucrados: el Estado, el campesinado y los exhacendados. Se presenta solo el testimonio de dos de las partes: la del campesinado con la representación de Zósimo Torres, dirigente de la Hacienda Huando y la de Hugo Blanco; la del Estado con Héctor Béjar y Morales Bermúdez, pero ninguna opinión de los ex hacendados. No quisiera especular sobre las posibles razones de esta ausencia ni tampoco desmerecer el gran intento por evidenciar a las voces del campesinado, pero considerando que la Reforma Agraria se llevó a cabo hace cincuenta años y que muchos de sus protagonistas ya deben haber fallecido, sí habría sido interesante recuperar las voces de este grupo.

En líneas generales el intento de Benavente ha sido muy fructífero por los recursos muy bien trabajados que presenta tanto a nivel audiovisual como histórico. Considero que la presencia de los investigadores ha sido variada, incluyendo a la nueva generación que se dedica al estudio del gobierno de Velasco. Así también, el contenido audiovisual ha sido extraordinario por la revalorización del cine social de la década de los 70. Sin embargo, más allá de las cuestiones “técnicas” del documental creo que lo que se debe rescatar es que haya otras plataformas que se interesen por abordar un tema histórico tan controversial. Ahora que vivimos en un mundo con más acceso a la información resulta paradójico que sea el cine una de las vías para poner a debate un tema que quedó recluido al círculo académico. Con el documental de Benavente el acceso a este tipo de información es más amplio, pero podría llegar a mucha más gente si se proyectara en los lugares que hoy aglutinan a los descendientes directos del campesinado que pudo emanciparse con la Reforma de Velasco.



* Si alguien está interesado en ver algunas de las películas que se incluyeron en este documental he visto que Nora Izcue tiene un canal en youtube con algunas películas colgadas. No sé si sea oficial, pero igual ahí se las dejo: https://www.youtube.com/channel/UCWV1z0oBzLyIY3JCKeRl4Tg/videos



[1] Esto se evidencia al leer la sinopsis de la película “La ley de Reforma Agraria de 1969 marcó un antes y un después en los rostros y en las historias oficiales de nuestro país (…) A 50 años de los experimentos sociales de la denominada “Revolución peruana”, toca preguntarnos si realmente el Perú se jodió o no con Juan Velasco Alvarado”.


MIRA LA RESEÑA EN VIDEO AQUÍ:




martes, 15 de octubre de 2019

Cinco minutos deplorables

Ha pasado mucho desde la última que tiré con alguien. El periodo podría extenderse un poco más si considero todas las veces que fueron desastrosas. En ese caso, ha pasado mucho más tiempo desde que no tengo buen sexo. Y no es que mis estándares sexuales sean muy altos de hecho, estoy segura de que han bajado debido a esta abstinencia o que me haya convertido en una ninfómana desabastecida que necesita sexo a todas horas. No. Lo único que he pedido en estos últimos encuentros ha sido el requerimiento mínimo que debe tener un acto sexual: que duren más de cinco minutos. Ya ni siquiera me importa el tamaño, el cuerpo del portador o los previos antes de la montada. Nada de eso. Ahora lo único que me importa es encontrar a alguien que lo sepa mover bien y no se venga en cinco putos minutos.

Parece sencillo, pero no lo es. Esta generación tan aclamada de nativos digitales, hijos de la globalización y todo el rollo que se les atribuye a los millennials, ha dejado de lado que también son una generación de eyaculadores precoces que se excusan en su adicción al porno y el hentai para justificar su deplorable desempeño en la cama. Como si el porno fuera el causante de su descontrol y falta de consideración por quienes tienen al lado. Y no felices con eso, algunos tienen la osadía de responsabilizar a su acompañante por la temprana llegada:

Es que con ese culito tan rico cómo no voy a venirme rápido.

¿Perdón? ¿Y yo qué chucha tengo que ver? Tu pichula también está rica y, sin embargo, hago el intento por no venirme antes que tú.

Para evitar todo eso prefiero entregarme a las exquisiteces del porno que menos indignación y grandiosas pajas me da. De hecho, es algo a lo que he estado recurriendo disciplinadamente durante estas semanas de abstinencia. No es lo mismo, pero es lo que hay mientras encuentro a alguien dispuesto a seguir el ritmo natural de un buen tire. ¿Qué tan difícil puede ser? Estoy casi segura de que el 50% de eyaculadores precoces realmente no lo son por una condición médica, sino que están guiados por la puta flojera y falta de empatía. Se satisfacen a sí mismos, acaban cuando se les da la gana y luego se voltean dándote una palmadita y agregando un nefasto:

¿Qué rico estuvo! ¿No?

Vete al carajo.




jueves, 10 de octubre de 2019

El poder de una barra




La primera vez que me puse frente a una barra tenía el corazón hecho pedazos. No soportaba la idea de los finales ni los absurdos nuevos comienzos. Estaba sumergida en un profundo hoyo del cual solo pude salir anclada en una barra de acero de 20kg y 2.20 metros de largo. Recuerdo cómo la coloqué sobre mis escápulas: totalmente desequilibrada hacia el lado izquierdo y con un agarre que le destrozaría las muñecas a cualquiera. No tenía idea de lo que hacía, pero cuando comienzas a creer que la vida no tiene sentido, hacer una mala sentadilla es lo de menos.

Saqué la barra del rack con fuerza, pues a pesar de no haber colocado ningún disco en los extremos pensé que no podría ni siquiera con el peso de la barra sola. Con mucho más control, di dos pasos hacia atrás. Uno. Dos. Y un tercero de remate para acomodar las puntas de mis pies que, instintivamente, habían quedado mirando hacia afuera. Levanté la cara y me encontré reflejada en el espejo. Ahí estaba yo sosteniendo mal una barra con la que le haría kintsugi a mi corazón; estaba con los cachetes inflados y rojos por una profunda inhalación que pedía a gritos la liberación de un suspiro ensordecedor. Era momento de bajar.

Regresé la mirada sobre el suelo y de inmediato retumbaron en mi mente aquellas palabras que circunstancialmente me habían puesto en este lugar:

Discúlpame, no sabía cómo decírtelo. Es algo que pasó de un momento a otro”

Esas palabras se convirtieron en los discos ausentes, en el peso abstracto más pesado que cualquier levantador arriesgaría poner sobre su espalda. Pero, aun así, yo ya había aceptado el reto de hacer una sentadilla con el peso de ese dolor.

Pendejo reconchatumadre

Preparé las rodillas y al flexionarlas noté cómo se convirtieron en un soporte idóneo para los buenos y malos recuerdos. Sentí el descenso lento y controlado de la barra y la espalda muy recta como si estuviera en mi hábitat natural. Estando abajo, con las piernas abiertas, con la barra mal sujetada y los cachetes a punto de explotar endurecí mis cuádriceps lo más fuerte que pude y fui consciente de que el peso de aquellas palabras no me aplastaría nunca más, sino que me darían el impulso suficiente para la subida. Y así fue.

Dejé la barra sobre el rack y miré las palmas de mis manos: tenía pequeñas marcas que dentro de unos años tomarían forma de perennes callos. Todavía tenía la cara roja por el descenso y sentía un pequeño hincón entre las escápulas. Una vez más me vi reflejada en el espejo: estaba con los brazos cruzados, apoyados sobre la barra pensando en por qué nunca antes se me había ocurrido hacer una sentadilla. Pensé en todas las veces que me había encontrado bajoneada y sumergida en el hoyo de la decepción. Había sido difícil salir de ahí, pero ahora una sentadilla me mostraba un nuevo camino: la única forma de salir del hoyo era sujetándome de una barra para volver a subir.



miércoles, 2 de octubre de 2019

Antes de ti


Hoy me levanté a la hora que
solíamos echarnos a cenar. 
No hay más rezagos de 
comida chatarra 
entre mis sábanas, 
ni botellas de cerveza esparcidas por el suelo. 
Ahora solo soy yo, 
con un plato de ensalada 
una taza de café 
intentando volver a 
mi vida antes de conocernos. 
Hoy corrí diez kilómetros 
con la esperanza de 
conseguir en mí misma 
ese calor que antes 
solía emanar de tu cuerpo hacia el mío. 
He terminado con la cara tan roja como una hornilla 
me he dado cuenta de que, 
aunque 
ya no estás, 
todavía me puedo 
sonrojar.



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