jueves, 22 de agosto de 2019

Frases de Zorba, el griego

El baile de Zorba

—¿Bailas?— me preguntó apasionadamente— ¿bailas?
—No.
—¿No?
Dejó los brazos caídos, asombrado.
—Bueno— dijo al rato—. Entonces bailaré yo, patrón. Siéntate un poco más allá, que no te atropelle. ¡Ohe! ¡Ohe!
De un brinco saltó afuera de la barraca, se quitó los zapatos, la chaqueta, el chaleco, arremangóse los pantalones hasta las rodillas y comenzó a bailar. La cara, aún sucia de carbón, parecía negra. Los ojos brillantes, blancos.

Entró en el torbellino de la danza dando palmadas brincando luego, girando como una peonza en el aire, dejándose caer en elásticas flexiones de las piernas, volviendo a dar botes con las piernas dobladas, como si fuera de goma. Alzábase de repente en un impulso que parecía destinado a quebrantar las leyes de la naturaleza para echarse a volar. Advertíase en el carcomido cuerpo la lucha del alma por liberar a la carne y lanzarse con ella, como un meteoro en las tinieblas. Sacudía con fuerza el cuerpo, que volvía a caer por no hallar cómo sostenerse en lo alto; sacudíalo nuevamente, despiadado y conseguía llevarlo esta vez un poco más arriba; pero el pobre volvía a caer, jadeante.

(...)
Existe en mí un demonio que grita y yo hago lo que me manda. Cada vez que me encuentro a punto de ahogo, me ordena: ¡Baila! y yo bailo. ¡Y me siento aliviado! Una vez cuando mi pequeñin Dimitraki se me murió, en Calcídica, me levanté y me puse a bailar. Los parientes y amigos que me veían que danzaba ante el cuerpecito yacente se precipitaron con la intención de contenerme: "¡Zorba se ha vuelto loco, exclamaban— ¡Zorba se ha vuelto loco!" Pero si no hubiera bailado en ese momento, entonces sí hubiera enloquecido de dolor.

Sobre la muerte

—Ahora los cabellos me blanquean, los dientes se mueven, no me queda tiempo que perder. Tú eres joven todavía, podrías aguardar con paciencia. Yo no. Palabra de honor: cuánto más viejo me voy poniendo, más intensos son mis deseos. ¡Que no me vengan a mí con que la vejez calma al hombre! ¡Ni con que al acercarse la muerte tiende el cuello diciéndole: —Córtame la cabeza para ir cuanto antes al cielo!—Yo cada día que pasa me siento más rebelde. ¡No arrio pabellón, quiero conquistar el mundo!

Sobre la mujer

Digas lo que se te antoje, la mujer, en mi opinión, es cosa distinta, patrón, no es cosa humana. ¿Por qué guardarle rencor? Es algo que no entra en nuestra comprensión, la mujer, y todas lasleyes del Estado y de la religión se equivocan a su respecto. ¡No debían tratar así a la mujer, no! Son muy duras, patrón, esas leyes, y muy injustas. Yo, si alguna vez hubiera de dictar las leyes, no las haría iguales para los hombres y para las mujeres. Diez, cien, mil obligaciones para el hombre. Para eso es hombre, para aguantarlas. Pero no una para la mujer. Porque ¿cuántas veces será necesario que te lo diga patrón? la mujer es una criatura sin fuerza.

Sobre Dios

—No te rías patrón me represento a Dios muy semejante a mí. Solo que más grande, más fuerte, más chiflado. Y, por añadidura, inmortal. Está comodamente sentado en pieles de carnero muy muelles y por cabaña tiene el cielo. No de hojalata como la nuestra, sino de nubes. Lleva en la mano derecha, no una espada ni una balanza, —que estos instrumentos son propios de carniceros o especieros—; lleva él una gran esponja embebida en agua como en lluvia un nubarrón. A su derecha, el Paraíso; a su izquierda, el infierno. Y cuando el alma se acerca, pobrecilla, desnuda, pues ha perdido su manto, el cuerpo, y tiritando, Dios la mira, riéndose para su barba, aunque con simulado aspecto de espantajo, y le dice: —¡Ven para acá— con voz severa—, ven para acá maldita! Y da comienzo al interrogatorio. El alma se postra a los pies del Señor. —¡Perdóname! exclama. ¡He pecado! Y ahí la ves enumerando los pecados que ha cometido. Es una retahila que  no acaba nunca. Dios se harta de oírla. Boteza. —¡Calla ya, le grita, que me das jaqueca! Y ¡zas! la esponja de un golpe borra todos los pecados- —¡Hala, márchate ve al Paraíso! le dice. —Pedrín deja que entre esta también, ¡pobrecilla! Pues debes decirte, patrón que Dios es un gran señor, y la nobleza solo esto significa: perdonar.