Con amor para Flavio Pais
Mis amigas son la prueba viviente de lo efectiva que puede ser la sororidad. Debo confesar que nunca le tuve fe a la idea de apoyarnos por el simple hecho de ser mujeres, me parecía absurdo: el apoyo no depende del género. Pero en algunos casos, las chicas necesitamos otro tipo de soporte. Había escuchado tantas veces la frase "No te merece" que podía identificar el momento exacto en que sería pronunciado por mis amigas. El discursito de que podía encontrar algo mejor con un tronar de dedos ya me lo sabía de memoria. La búsqueda de algún ente masculino que no me esté negando cada dos cuadras era un tema recurrente en nuestras reuniones de papas fritas y chelas. Lamentablemente, siempre he sido un poco necia —cojuda dirían algunos— porque prefiero obligar a mi mente a ver lo que quiere ver en lugar de enfrentar la realidad.
Los primeros meses, le creí el cuento de que había salido de una relación. Era comprensible de que quisiera estar solo después de haber estado con una loca que comenzó a stalkearme por todos lados cuando se enteró que su ex salía con otra chica. Lo que vino fue peor. Comenzó la fase "Todavía tenemos que conocernos más". Aparentemente, tres meses saliendo no había sido suficiente y quizá tenía razón, pero después de ocho meses esa frasecita ya no me parecía tan coherente y la cosa se puso más intensa. "Te quiero, pero no puedo estar contigo". ¿Dónde había escuchado eso antes? Ah sí, en tercero de secundaria, cuando a los 12 años, Luis Cotillo me mandó a terminar con su amigo. Al menos esta vez, este tuvo más huevos y me lo dijo directamente a la cara.
Mi lucha incansable por un reconocimiento público comenzaba a fracasar. No haber pasado Año Nuevo juntos fue el primer indicio de que algo andaba mal; mi ausencia en la celebración de su cumpleaños número 30 fue el siguiente. Pero lo que realmente me hizo abrir los ojos fue el hecho de pasar días enteros sin decirnos ni siquiera un "Hola" y luego retomar la conversa como si nada hubiera pasado. ¿Me estás hueveando no? Un meme fue el remate final para que abriera los ojos. La imagen de una chica diciendo emocionada "¡Hablamos todos los días, definitivamente me ama!" fue derribada con una grandiosa respuesta: "¿Hablan o solo te responde?". ¡Auch! Era momento de tomar decisiones.
Lo más incómodo de todo fue el no haber podido conversarlo con nadie. Si se lo contaba a las chicas, la respuesta unísona sería "Te lo dijimos" y mis aires de necedad no me iban a permitir reconocer que, efectivamente, ellas ya me lo habían dicho no una, sino mil veces. "¿Hasta cuándo vas a esperar?" solían preguntarme cada vez que nos veíamos y yo solo decía que las cosas podrían tomar otro rumbo: una formalización parcial podría ser suficiente. ¿Qué tal un "estemos, pero no publiquemos nada en redes"? Había comenzado mi transformación: me estaba convirtiendo en una copia barata de Tilsa Lozano.
Quizá debí prestar atención a todas las señales: ante el primer ¡Odio a ese tipo! de mis amigas debí suponer que no era el correcto para mí. Ellas son las hermanas que decidí elegir para compartir mi vida, me conocían a profundidad y fueron las primeras en darse cuenta de que no la estaba pasando bien. Aunque todas tenían personalidades tan diferentes siempre concordaban en que debía terminar con esto de una vez. ¿Por qué era tan difícil hacerlo? ¿Por qué me costaba dejar a un tipo que lo único que quería era pasar sus ratos libres conmigo? Todavía no logro descubrirlo. El punto es que esta situación las llevó a odiarlo mucho más. No importaba los bonitos momentos que me había hecho pasar, lo único que querían era despotricar contra él porque no valoraba a la grandiosa chica que tenía a su lado. Y yo no quería permitirlo, simplemente no quería que lo odien. Pero ahora que lo veo en perspectiva, recién puedo ponerme en el lugar que estuvieron ellas. Diego, Marcos, Francisco y Alejandro, a simple vista, parecían ser buenos chicos, pero el haberlas hecho derramar lágrimas fue motivo único y suficiente para odiarlos de la misma manera que ellas odiaban a Tempo. Ninguna de nosotras merecía sentir ese dolor, pero lo hicimos. Lloramos por tipos que no valían la pena. Ahí supe que estábamos en todo nuestro derecho de odiarlos.
Julio Jaramillo escribió en 1956 una obra maestra "odio quiero más que indiferencia porque el rencor duele menos que el olvido". Ya no tengo problema en que las chicas lo odien, tienen toda la libertad de hacerlo porque eventualmente se les va a pasar. Pero respecto a mí, ¿para qué perder el tiempo odiando este tipo? ¿Realmente se le merece? Claro que no. Además, no podría odiarlo: el infeliz se ha quedado con uno de mis libros y necesito que me lo devuelva. Después de eso, ya veremos.
Mi lucha incansable por un reconocimiento público comenzaba a fracasar. No haber pasado Año Nuevo juntos fue el primer indicio de que algo andaba mal; mi ausencia en la celebración de su cumpleaños número 30 fue el siguiente. Pero lo que realmente me hizo abrir los ojos fue el hecho de pasar días enteros sin decirnos ni siquiera un "Hola" y luego retomar la conversa como si nada hubiera pasado. ¿Me estás hueveando no? Un meme fue el remate final para que abriera los ojos. La imagen de una chica diciendo emocionada "¡Hablamos todos los días, definitivamente me ama!" fue derribada con una grandiosa respuesta: "¿Hablan o solo te responde?". ¡Auch! Era momento de tomar decisiones.
Lo más incómodo de todo fue el no haber podido conversarlo con nadie. Si se lo contaba a las chicas, la respuesta unísona sería "Te lo dijimos" y mis aires de necedad no me iban a permitir reconocer que, efectivamente, ellas ya me lo habían dicho no una, sino mil veces. "¿Hasta cuándo vas a esperar?" solían preguntarme cada vez que nos veíamos y yo solo decía que las cosas podrían tomar otro rumbo: una formalización parcial podría ser suficiente. ¿Qué tal un "estemos, pero no publiquemos nada en redes"? Había comenzado mi transformación: me estaba convirtiendo en una copia barata de Tilsa Lozano.
Quizá debí prestar atención a todas las señales: ante el primer ¡Odio a ese tipo! de mis amigas debí suponer que no era el correcto para mí. Ellas son las hermanas que decidí elegir para compartir mi vida, me conocían a profundidad y fueron las primeras en darse cuenta de que no la estaba pasando bien. Aunque todas tenían personalidades tan diferentes siempre concordaban en que debía terminar con esto de una vez. ¿Por qué era tan difícil hacerlo? ¿Por qué me costaba dejar a un tipo que lo único que quería era pasar sus ratos libres conmigo? Todavía no logro descubrirlo. El punto es que esta situación las llevó a odiarlo mucho más. No importaba los bonitos momentos que me había hecho pasar, lo único que querían era despotricar contra él porque no valoraba a la grandiosa chica que tenía a su lado. Y yo no quería permitirlo, simplemente no quería que lo odien. Pero ahora que lo veo en perspectiva, recién puedo ponerme en el lugar que estuvieron ellas. Diego, Marcos, Francisco y Alejandro, a simple vista, parecían ser buenos chicos, pero el haberlas hecho derramar lágrimas fue motivo único y suficiente para odiarlos de la misma manera que ellas odiaban a Tempo. Ninguna de nosotras merecía sentir ese dolor, pero lo hicimos. Lloramos por tipos que no valían la pena. Ahí supe que estábamos en todo nuestro derecho de odiarlos.
Julio Jaramillo escribió en 1956 una obra maestra "odio quiero más que indiferencia porque el rencor duele menos que el olvido". Ya no tengo problema en que las chicas lo odien, tienen toda la libertad de hacerlo porque eventualmente se les va a pasar. Pero respecto a mí, ¿para qué perder el tiempo odiando este tipo? ¿Realmente se le merece? Claro que no. Además, no podría odiarlo: el infeliz se ha quedado con uno de mis libros y necesito que me lo devuelva. Después de eso, ya veremos.
A Silvana, Malú, Gaga, XXX y YYY
Por nuestra lucha incansable contra los Voldemort








