El día de mi primera comunión, recibí como regalo un diario con la portada de Hello Kitty. Le puse un candadito para disuadir a los curiosos de querer enterarse de mi vida privada. Escribí religiosamente ahí por casi quince años. Con la llegada de la tecnología, mis escritos se dividieron entre el papel y mi blog, pero siempre necesitaba volver a leer esa historia de vida que había comenzado a escribir a los siete años. Desde hace unos meses descubrí que no podré volver a leer a mi yo de aquellos años, pues ahora todas mis historias deben encontrarse debajo de un gran bloque de basura esperando a ser rescatadas por algún curioso samaritano que tanto me esforcé en alejar.
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