Hoy me levanté a la hora que
solíamos echarnos a
cenar.
No hay más rezagos de
comida chatarra
entre mis sábanas,
ni botellas de
cerveza esparcidas por el suelo.
Ahora solo soy yo,
con un plato de ensalada
y
una taza de café
intentando volver a
mi vida antes de
conocernos.
Hoy corrí diez kilómetros
con la esperanza de
conseguir en mí misma
ese calor que antes
solía emanar de tu cuerpo hacia el mío.
He terminado con la cara tan roja como una hornilla
y
me he dado cuenta de
que,
aunque
ya no estás,
todavía me puedo
sonrojar.








