Salgo a la calle y los hombre me miran. He pensado que no soy la mujer más hermosa del mundo, pero ellos siempre están ahí. Algunos se quedan como tontos al mirarme la cara; otros prefieren mirarme el culo o las tetas. De alguna forma siempre obtengo su atención y yo me rio de ellos. Aunque aquellos encuentros sean apenas fracciones de segundos, me hacen saber que me desean, que harían cualquier cosa por tenerme. He vivido así toda mi vida y lo cierto es que me he acostumbrado a siempre ser mirada y deseada. Por eso, cuando un hombre me niega su atención, algo se descuadra en mí. Y me pongo a pensar fehacientemente qué está pasando o qué estoy haciendo mal. Haciendo un balance de todas esas experiencias, me he dado cuenta de que esto ocurre cuando hablo. Los hombres me desean cuando tienen su propia idea de mí, pero cuando me conocen, ya no les parezco tan interesante. Yo no sé qué será, quizá es esa alegría asfixiante que me domina o quizá simplemente es porque les dejo saber que soy más inteligente que ellos.
Como sea, ahora sé que aunque los hombres me desean, no soportarían estar más de una hora conversando conmigo. Simplemente no me soportan.








