lunes, 1 de diciembre de 2014

The fake fairytale (Part I)


Hoy suena Where is the love de BEP. Quizá el soundtrack no tenga mucha relación con este pequeño relato que hace tiempo había pensado escribir. Tenía la idea, pero no el tiempo ni las ganas de hacerlo. Finalmente todos estos aspectos confluyeron cuando decidí recordar los hits del 2003 y me encontré con los BEP de esa época. Entonces, un agradecimiento especial a estos lindos. 

El último año, Luz había pasado mucho más tiempo en su casa que afuera, en el mundo. Aparentemente, no importaba, pues la casa era acogedora, tenía todo lo que necesitaba: libros, un huerto, un pozo de agua, un gran jardín y un gran muro que siempre pensó que serviría para protegerla de cualquier asalto o ataque. Con el paso del tiempo, todas sus provisiones se volvieron menos atractivas por el mismo hecho de ser repetitivas: cada vez quedaban menos libros que leer, cultivar el huerto se había convertido en una actividad súper trabajosa y, sobre todo, no tenía más compañía que la misma casa. Cruzar el muro parecía ser la única solución, pues de vez en cuando recordaba su época al otro lado de la casa, recordó que eran épocas en las que casi nunca sabía que podía pasar, épocas en donde también estaba expuesta a muchos peligros pero que de una y otro manera valían la pena correr. Nada la detenía para cruzar el gran muro de la casa, sabia que podría salir un momento y luego volver a sentirse protegida en ella, pero siempre se preguntaba "¿que pasará si me gusta estar más allá que aquí? No puedo dejar la casa sola.". El temor era infundado, tenía una extraña relación con la casa porque esta no solo le daba seguridad, sino que sabía que sería ahí donde pasaría los últimos días de su vida. La situación parecía complicada porque sabía que no había ningún tipo de cadena o cosa que la impidiera salir; solo era cuestión de que se levantará abriera la puerta y saliera. Pero no podía, había algo dentro de ella que no le permitía dejar la casa: el recuerdo de una época maravillosa ahí era más fuerte que los recuerdos que empezaría a construir si saliera de ella algún día. El miedo a lo desconocido se enfrentaba con la resistencia de los grandes momentos vividos ahí. 

A la mañana siguiente, Luz se levantó y fue a cosechar lo que había sembrado en el huerto y encontró a una paloma muerta. Luego vio que una más se acercó alrededor de la pequeña y, de pronto vinieron otras más. Alrededor del cuerpo de esta, ahora, habían como diez. Una fugaz idea pasó por su mente como una hipótesis aún sin confirmar: la desafortunada paloma se había desviado de su camino y había llegado hasta su huerto, quizá habría chocado con alguna de sus muros en la oscuridad de la noche y por eso la encontró sin vida al despertar. Pero, ¿cómo llegaron las demás hasta este mismo sitio? Probablemente, habían iniciado la partida todas juntas, pero esta extrañaba la estabilidad, la quietud y la extrañeza de permanecer en un solo lugar. Las demás habían decidido buscarlas porque sabían que de todas ellas, aquella fenecida paloma era la que jamás podría desviarse del camino. Sin embargo lo hizo y llegó a refugiarse en la casa de Luz, pero el plan no resultó como esperaba. De pronto un halo de certeza le hizo sentir a Luz que debía dejar la casa. Contrariamente a la paloma, ella no buscaba quietud, sino desenfreno: quería conocer el mundo. Aquella paloma cuyo cuerpo yacía en el piso le había devuelto la certeza de que vale la pena morir por lo que realmente deseas porque después de recorrer el camino, sea cual fuere el resultado siempre tendrás la satisfacción de haberlo recorrido. La pequeña paloma buscaba un lugar tranquilo en donde negar su característica nómade, quería quietud cuando su naturaleza la obligaba a andar de un lugar a otro. Luz se apresuró a tomar sus cosas: guardó en su pequeño bolso Utopía, cuatro monedas y un lápiz muy grande. Regresó al huerto a mirar por última vez a la paloma y pensó: "Quizá alguien le pudo haber lanzado una piedra con la intención de matarla", pero era demasiado tarde ya había tomado la decisión. Se paro frente al gran muro que ya no la protegería más, tomó la manija de la puerta y la giro: la puerta estaba abierta, pero ella aún seguía adentro.
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