Una noche, en una fiesta en la playa un tipo se me acercó y me trajo una piña colada servida en un coco. Lo miré y le dije «Yo solo tomo chela». Se fue y regresó con una chela abierta, le dije «No tomo chelas abiertas». No me dijo nada, pero me miró coquetamente y se fue. Cuando regresó vino con un Águila cerrada y me preguntó «¿Así está bien?» y yo le dije que sí «Así me gusta», saqué mi destapador y le di un sorbo.
Hablamos un rato, luego bailamos y después terminamos besándonos detrás de los precarios baños que suelen haber en una playa. Con sus manos, comenzó a recorrer todo mi cuerpo. Primero, la cintura, la bordeaba una y otra vez apretandome por los lados. Se sentía riquísimo. Luego recorrió con sus manos mis piernas, desde la rodilla hasta la cadera, metió sus dedos entre mis piernas hasta llegar ahí. Me dijo «Qué calentita estás» y me siguió besando mientras sus dedos se mojaban cada vez más. Yo estaba explotando. Luego me volteó y me apoyó sobre la pared y me preguntó «¿Alguna vez te ha cogido un negro?» y yo le dije que no. «Ahora vas a saber lo que se siente». Se bajó el pantalón, la tenía grande, aunque no era la más grande que había visto, y cuando ya estaba a punto de meterla me volteé y le dije «No lo voy a hacer sin condón». Se llevó las manos a la cabeza un poco desesperado y me dijo «No te vayas, espérame aquí, no te vayas, por favor» Y se fue.
Yo me quedé esperando. Aproveché en buscar a mi amiga para saber cómo estaba. Todo estaba ok. Regresé al lugar donde estaba antes para seguir esperando al tipo. A lo lejos escuché un silbido y era él haciéndome señas con un condón en la mano. Me decía que vaya hacia él. Yo fui. Me dijo «Hay que hacerlo aquí, por allá hay mucha gente». A mí me daba igual. Me volvió a poner contra la pared, me subió la falda y me la metió despacito como me gusta. Había pasado casi un año desde la última vez que había cogido. Estaba en la gloria. Se acercó hacia mi oído y me dijo «Yo te vi bajar del bus con tus amigos y dije Qué bonita esa chica, no hay chica más bonita». «¿En serio?» le pregunté como si no supiera que eso siempre le dicen a las chicas para que se dejen coger sin problemas. «De verdad, esta blusita rosadita y esa faldita pegadita mmm. Eres una diosa». Yo solo me reía. «¿No me crees?» «No» le dije y me volteé, lo senté sobre un murito que conveniente había por ahí y me senté sobre su pinga recontra erecta dándole la espalda para que me vea rebotar, le puse las manos sobre mis tetas y le dije «No te creo nada». Él no dejaba gemir. Me encanta cuando los hombres hacen eso. «¿Si tan bonita te parezco por qué no me preguntaste mi nombre», «Te llamas Mari», respondió. Me levanté. «¿Cómo sabes?», «Tus amigos te llaman así. Tienes cara de Mari». Eso me puso más caliente, me agaché y se la chupé cómo nunca antes se lo había hecho a alguien. El tipo casi acaba en mi boca, pero pude salirme a tiempo para que acabara entre mis tetas. Ese privilegió no se lo doy a cualquiera.
Después de ese gran tire me llevó a caminar por la playa de San Andrés. «Me dijo hay que bañarnos un rato» Yo no tenía muchas ganas. Nos echamos en la arena a ver el cielo y me contó toda su vida. Hablaba demasiado, no era molesto, de hecho me gusta cuando los hombres me cuentan sus cosas. Mientras hablaba yo solo podía pensar en la estrategia que este tipo había utilizado para lograr cogerme (siempre pienso en eso) y me di cuenta de que lo único que había hecho era hacerme caso y prestarme atención. Como me calienta que los hombres me hagan caso. Me vuelve loca, estoy dispuesta a hacer lo que me pidan.
Realmente fue una noche para recordar.








