*El siguiente texto es un ejercicio de autoficción presentado en la Maestría de Escritura Creativa de la PUCP.
Siempre he sido la llorona oficial. En mi familia, entre mis amigos, en el colegio e incluso en la universidad. "Marilyn, ya deja de llorar es solo una nota", "Ya no llores, si no te quiere hablar, no te quiere hablar pues". Yo hacía caso y me secaba las lágrimas para complacerlos, pero seguía llorando por dentro. Desarrollé un arte que hasta el día de hoy he logrado perpetuar: puedo llorar sin lágrimas. De vez en cuando me animo a sacar algunas que tengo acumuladas en mi interior, pero la gran mayoría de veces intento poner en práctica mis destrezas. Entonces, hay momentos en los que soy capaz de llorar un día entero: la mitad del día con lágrimas y la otra en absoluto silencio. Eso me ayudó a no hostigar tanto a la gente que tenía a mi alrededor. Ya no se incomodaban, ni sentían la obligación de preguntarme "¿Qué te sucede? ¿Todo anda bien?"
Quizá lo que más les confundía era mi capacidad para llorar por nimiedades: una mala mirada, una palabra fuera de lugar, la ruptura con mi enamorado de tres semanas o un perrito intentando cruzar la pista. Pero cuando realmente era necesario llorar no lo hacía. Ni una lágrima caía por mis mejillas y mis ojos tampoco se ponían más chinitos. No lo hice cuando murió mi perro, ni mis abuelos, ni siquiera cuando murieron mis padres. ¿Qué contradicciones no? La gente iba a los velorios pensando que yo protagonizaría un espectáculo digno de telenovela mexicana. Me imaginaban abrazando el ataúd, tirada en el piso derramando lágrima o pasando el anisado para llorar en los brazos de mis primos. Pero nada de eso sucedió. Siempre me mantuve inmune. Mis reacciones fueron tan sobrias y ecuánimes que parecía no estar presente.
El velorio de mi papá coincidió con uno de los ataques de alergia más severos que había atravesado en mi vida. La búsqueda de esa camiseta de Alianza Lima del 2000, tan fea y con la estampa de Pilsen Callao en todo el pecho me trajo severas consecuencias. Estaba refundida con otro centenar de camisetas blanquiazules que mi papi resguardaba con tanto recelo. La del 2000 era especial porque se la había firmado César Cueto una vez que lo encontramos en el cine cuando fuimos a ver la primera película de Shrek.
Siempre que salíamos se ponía una camiseta blanquiazul. A mi mamá le molestaba porque creía que un día nos íbamos a cruzar con la barra brava de la U y nos iban a agarrar a piedrones por su culpa. Pero a mi papá parecía no importarle nada de eso. Y así fue que un día, mientras hacíamos la cola en el cine para comprar la canchita, un señor con rulos esponjosos y cara de malo me chocó y me hizo tirar al suelo mi vaso de gaseosa que tenía la cara de Fiona y Burro. Como era de esperar, me puse a llorar: no tanto por haber derramado la gaseosa, sino porque el vaso de Fiona era de lo más lindo y el único que quedaba. Lloraba y lloraba y el señor ruloso me decía que me iba a comprar otra gaseosa, pero nada, yo seguía necia. Mi papá se acercó: "¿Qué está pasando?" Y yo: "Papi, mi gasesosa..." y de pronto uno pensaría que mi papá voltearía directamente a pechearle al tipo que había hecho llorar a su hija, pero no. Lo que pasó fue totalmente fuera de lugar. El recuerdo de mi papá quitándose la camiseta y diciéndole "Muchas gracias, Poeta. Póngale bien grande: Para mi gran amigo, Víctor Hugo Céspedes" jamás se me borrará de la cabeza y es por eso que cuando llegó el momento de vestirlo para su último viaje, no dudé ni un segundo en que llevara puesto esa camiseta autografiada por su jugador de fútbol favorito.
Ese día se me pusieron los ojos llorosos y estornudaba cada cinco minutos. Uno de los ataques más fuertes sucedió cuando me detuve a leer la tarjeta de uno de los arreglos florales. ¿Quién iba a imaginar que también era alérgica a las gerberas blancas? La tía Victoria se me acercó y me tomó por el brazo para decirme "Fuerza sobrina. A todos nos duele. Sécate esas lágrima y consuela a tu madre que lo necesita más". Yo solo asentí moviendo la cabeza de arriba a abajo con la convicción de que era innecesario explicar que no lloraba, sino que el aguantarme los estornudos me había puesto en ese estado tan calamitoso.
Cuando todos se fueron, me quedé sola frente al ataúd. Diez minutos y ni una lágrima caía. Comencé a sentirme mal conmigo misma. Tu papi se ha ido y ¿no puedes regalarle ni una lágrima? ¿Qué pasaba conmigo? Veinte minutos frente al ataúd y todavía nada. Decidí inducirme al llanto, ya que siempre lloraba por situaciones superficiales decidí buscar alguna para rendirle un último homenaje a mi papito. Entonces, volví a recordar aquella vez que vimos al Poeta y la sensación que tuve cuando en medio de mi llanto vi a mi papá con el torso desnudo y con una cara de felicidad tremenda porque finamente había conocido a su ídolo. De pronto, una lágrima comenzó a recorrer mi mejilla.








