lunes, 10 de junio de 2019

Silvana


Escuchar su voz me tranquiliza. "Nadie es indispensable, amiga. Todo pasa, si no mírame a mí". No pudo haberlo dicho mejor. No son palabras de consuelo, ni de resignación, son de apoyo: ¿tú te metiste en esto? ¡Pues yo te voy a ayudar a salir! He llorado tanto, todo el día como la vez que me dejó Luis Cotillo hace trece años. De la misma forma, recostada en mi cama, llorando en silencio aunque no hubiera nadie en casa. Y la he llamado, tal como lo hice hace trece años. "Amiga, estoy triste" y de pronto: un vómito verbal mezclado con lágrimas y un tufillo a cebada. No sé qué haría sin ella. Ni siquiera lo he pensado. No lo quiero ni pensar, porque no concibo mi vida sin ella.