Las chicas están muy felices: Talía lo ha abrazado hasta quitarle la respiración y Ana Paula ha pisado el acelerador lo más rápido que su Toyota Yaris dorado se lo ha permitido. Alberto está en casa, hace un mes estuvo también aquí, pero parece que ha pasado mucho más. Los años de la facultad en que teníamos clases de seis horas de corrido vuelven con nostalgia ahora que se ha mudado a Cusco.
Tres días no son suficientes para ponernos al tanto de los chismes de la universidad, tampoco para rajar de nuestros alumnos ni teorizar sobre el correcto desempeño que deberíamos intentar proyectar en clases. Con unas chelas todo parece fluir mejor. Dice que extraña su moto y me pregunta si no quiero tomar su lugar de profe de Historia el año que viene en Ausangate. No ve las horas de regresar. La independencia es buena, pero estar rodeado de amigas de toda la vida es mucho mejor. Ha venido para celebrar los 28 de Talía y también para probar de esa hierba de 20 dólares el gramo que tanto nos ha presumido en vísperas de su cumpleaños. Yo no la llegué a probar. La última vez que Alberto vino estuvimos drogados por horas en el cuarto de Talía, la resaca nos duró hasta el día siguiente y yo me la pase alimentando a cuatro estómagos con apetito de vaca. Así que esta vez dije: No hay forma, mañana tengo que chambear. Quizá él también la dudó, pero vamos nadie se resiste a ese slogan: ¿20 dólares el gramo?
Me pregunta por Mauro que en verdad se llama Flavio, pero por alguna razón no puede llamarlo así. Entonces acordamos que de ahora en adelante ese maldito se llamará Mauro. Le respondo que todo va bien, que no ha venido porque me parecía que no tendría nada que hacer aquí, pero en realidad es porque me ha dado la gran choteada "Tengo mucha chamba que hacer". Creo que se ha dado cuenta, es más creo que puede ver cómo mi nariz crece más y más a medida que le cuento por qué Mauro no está aquí. Así que caletamente me cambia el tema de conversación, se nos une Ana Paula y comienzan las miradas cómplices. Hay algo que nos exige a gritos emborrachar a Apita como en los viejos tiempos. Pero todo con calma, paso a paso alcanzaremos el éxito.
La incursión de los 28 se traslada hacia Jirón Chota. El recuerdo que tenía de Talía echada en mi cama diciéndome "Este año no hay forma que acabemos en el centro" se va desvaneciendo poco a poco a medida que los taxis van cruzando la avenida Wilson. Al bajar, Alberto, Mori y yo nos miramos. Nadie quiere estar ahí, pero qué chucha es el cumpleaños de Talía y Alberto está aquí. Atravesamos la puerta de madera enmohecida, subimos las escaleras rechinantes y una cola nos detiene. Llega Talía hace unos arreglos y de pronto escuchamos "La gente de Talía, a ver. Suban, suban son diez". Y entramos. La Casa del Auxilio nos recibió con sus baños portátiles y habitaciones republicanas transformadas en recintos para el mejor perreo old school.
... continuará
Me pregunta por Mauro que en verdad se llama Flavio, pero por alguna razón no puede llamarlo así. Entonces acordamos que de ahora en adelante ese maldito se llamará Mauro. Le respondo que todo va bien, que no ha venido porque me parecía que no tendría nada que hacer aquí, pero en realidad es porque me ha dado la gran choteada "Tengo mucha chamba que hacer". Creo que se ha dado cuenta, es más creo que puede ver cómo mi nariz crece más y más a medida que le cuento por qué Mauro no está aquí. Así que caletamente me cambia el tema de conversación, se nos une Ana Paula y comienzan las miradas cómplices. Hay algo que nos exige a gritos emborrachar a Apita como en los viejos tiempos. Pero todo con calma, paso a paso alcanzaremos el éxito.
La incursión de los 28 se traslada hacia Jirón Chota. El recuerdo que tenía de Talía echada en mi cama diciéndome "Este año no hay forma que acabemos en el centro" se va desvaneciendo poco a poco a medida que los taxis van cruzando la avenida Wilson. Al bajar, Alberto, Mori y yo nos miramos. Nadie quiere estar ahí, pero qué chucha es el cumpleaños de Talía y Alberto está aquí. Atravesamos la puerta de madera enmohecida, subimos las escaleras rechinantes y una cola nos detiene. Llega Talía hace unos arreglos y de pronto escuchamos "La gente de Talía, a ver. Suban, suban son diez". Y entramos. La Casa del Auxilio nos recibió con sus baños portátiles y habitaciones republicanas transformadas en recintos para el mejor perreo old school.
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