Comenzaré este post resaltando
una de las cosas que a menudo nos decía la gente de las juntas vecinales y uno
que otro apoyo municipal, “amiga, tienes que diferenciar entre damnificado y
afectado, pues”. Entonces, mientras mi grupo y yo caminábamos nos dábamos cuenta
del panorama al que nos enfrentamos: una disputa frenética entre los habitantes
por dejar en claro quién era (actualmente) más pobre que otro: “Yo no tengo
agua, señorita”, “Ella al menos tiene donde dormir, toda mi casa está destruida”.
Y, efectivamente, todo lo que nos decían era cierto, ¿cómo negarles, entonces, una botella de agua, una lata de
atún a esa gente solo porque no requerían los niveles de ‘pobreza’ que los ‘organizadores’
nos incitaban a evaluar rigurosamente? En verdad, no tengo quejas con la
excelente organización de la que fui parte hoy, pero sé que siempre, los que
acuden a lugares dónde han ocurrido este tipo de desastres se van a enfrentar
sí o sí con esta dicotomía y para poder solucionarlo a veces solo uno debe apelar a su intuición (o sea a su corazoncito).
El grupo con el que me estaba
moviendo era agradable, mis amigos: Chris y Tefa; un chico que a menudo creía
ser gracioso, pero en verdad nunca lo fue y uno un poco más callado. Obvio en
el camino terminamos mimetizándonos con los de otros grupos. Mientras intentábamos
llegar a San Antonio, un cerro bien empinado, pero con las escaleras amarillas
bien puestas vimos una ciudad destruida y a miles de gente del ejército que
intentaban reconstruirla. Nos rogaban por una botella de agua, mientras dejaban
de lado su pala, su pico necesarios para ‘cumplir con su labor’, tenían los
polos en la cabeza, mascarillas improvisadas, mucho sudor en la cara y axilas y
el infaltable uniforme. “¿Cómo vas por aquí?”, le preguntó, y me responde “Todo
es una cagada, pobre gente se van a quedar si nada por un buen tiempo” mientras
no dejaba de mirar la botella de agua de 3 litros que tenía en mis brazos que,
por supuesto, se la dejé. Es increíble, cómo la gente llega a
desesperarse por agua. Un incidente bastante particular nos sucedió mientras ya
estábamos de bajada. A una chica de otro grupo, que tenía como 4 botellas entre sus brazos,
se le cayó una por las empinadas escaleras; la botella rodó hasta muy abajo y
dejó a la vista un diminuto agujero por donde se filtraban una línea delgadita
de agua. No era la primera vez que pasaba; de hecho, lo que habíamos estado
haciendo cuando sucedía esto era utilizar esa botella rota para mojarnos la
cara, lavarnos las manos: el solo era infernal!!! Sin embargo, en esta oportunidad
algunos no estuvieron de acuerdo en seguir haciendo este procedimiento. Nos
envolvimos en una gran discusión sobre qué hacer con la botella de agua que
seguía filtrando una pequeña línea de agua. Yo estaba a favor de que la
utilizáramos para refrescarnos, pues ya no había más gente a quién repartir
(técnicamente todas las casas contaban con un mínimo de botellas de aguas); sin
embargo, también era consciente que una botella más, aunque sea rota, sí le
vendría bien a cualquier familia y esta era la postura que defendían los otros
chicos. Finalmente terminamos usándola para aliviarnos del terrible calor,
aunque los otros chicos optaron por no hacerlo. Me arrepentí tanto de esto porque sé que mi postura se vio influida por las circunstancias, mas no por un contexto más macro (bah!, egoísta de miércoles).
El huayco que había pasado por Chosica más allá de revelar la ineficiencia de un alcalde que tiene más de 15 años en el cargo (y no poder planificar un plan preventivo) revelaba también las condiciones humanas más 'primitivas'. Podría decirse que todos tenemos perder nuestras cosas materiales, pero en fin es la tele, el dvd, la refri, pero no me quites el agua, carajo que sin eso no vivo. Amigos, en Chosica no hay una sola gota de agua y el sol es asqueroso. ¿Cómo sobrevivir a eso sin revelar una amargura pontecializada? Esa gente no es malcriada, no, solo quiere un poquito de agua, no quiere billetitos (de nada serviría ahor). Quiere agua.








