Me preocupa no haber llorado. Quizá ya he aceptado la idea de que, otra vez, mi mente me jugó una mala pasada. Ahora ya no importan tanto las causas de otro fracasado idilio. Lo cierto es que haberte dicho que me gustas me quitó un gran peso de encima. Se sintió liberador, pero también decepcionante porque tú dices mucho, pero a la vez nada. Me llena de rabia haberme interesado en alguien que actúa así, pero luego te recuerdo haciendo otras cosas: saludando a la gente, acariciando a mis perritos, intentando seguirme los pasos de baile y mi corazón se vuelve a encender.
He pensado que voy a quedarme sola para siempre, no como Jane Austen, que eligió vivir su soledad, sino como esas mujeres de las que solemos hablar con pena «¿Ya viste? Nunca se casó, ni tuvo hijos». Así me veo. Me pregunto por qué nadie es capaz de amarme con la misma intensidad en que lo hago yo. Si soy tan increíble y perfecta como me describen los hombres, ¿por qué ninguno de ellos quiere estar conmigo? No se toman el tiempo de conocerme, lo hacen a través de la idea que tienen de mí. Kant diría que lo único que alcanzan a conocer de mí es el fenómeno: esa imagen filtrada por sus sentidos, nunca lo que soy en esencia. Ellos se lo pierden.
Se me ha metido en la cabeza afiliarme al Partido Socialista. No es broma, la política es un campo que requiere pasión, intensidad y mucho compromiso. Todo lo que alguna vez le ofrecí a los hombres, mejor se lo ofrezco a una causa de lucha común. Pero algo me dice que eso tampoco terminaría bien. A algunos hombres les asusta cuando las mujeres dan el primer paso y toman el liderazgo. La izquierda peruana está tomada por machirulos disfrazados de aliados que ven a las mujeres no como compañeras de lucha, sino como una competencia. No sé si estoy dispuesta a pasar por eso.
¿Entonces qué hago? ¿Qué hago conmigo?¿Qué hago contigo? ¿Qué hago con todos los hombres del mundo que no se toman el trabajo de conocerme?
Quizá es momento de ya no pensar en ellos.








