―Dormí mal.
―Me imagino.
―¿Cómo has estado?
―Bien... Es la bolsita que te regalé.
―Sí.
―¿Es kétchup?
―Mermelada.
―¿Mermelada?
―Comí algo antes de venir.
―¿Y cómo llegó ahí?
―Creo que se derramó.
―Seguro.
―Hay que sentarnos.
―Dale.
―Cerca a la ventana.
―Bueno.
―¿Pedimos?
―Sí.
―Dos cervezas.
―No te gusta la chela.
―No importa.
―Pide un café.
―¿Cuál quieres?
―Cristal.
―Cristal y Pilsen, por favor... ¿Qué?
―Nada
―Pensé que me querías decir algo.
―Solo te estoy mirando.
―Me confunde.
―¿Te confunde? ¿A ti te confunde mi mirada?
―Bueno, me intimida.
―Ya lo sé. Por esto te miro así, para que te pongas nervioso.
―Me lo merezco. Nada que objetar.
―¿Por qué no dijiste nada?
―Mari...
―Me dolió mucho, ¿sabes? Que no dijeras nada. Cómo es posible que alguien pueda hablar tanto y no decir nada. Escuché todos tus audios y nunca tocaste el tema.
―No es así.
―Yo sé que es tu forma de ser. Eres abogado tienes que saber atajar, pero yo pensé que comenzábamos a ser...amigos.
―Sí...
―¿Eso le haces a tus amigas?
―No te ignoré. Te dije que íbamos a hablar.
―Nunca dijiste cuándo. Luego solo te fuiste.
―Lo siento....
―Da igual, ya pasó mucho tiempo.
―Pero todavía me tienes bloqueado.
―Sí.
―¿Por qué?
―Porque me recuerda que ya no soy tan estúpida.
―Nunca lo fuiste.
―¿Tú crees?
―Siempre he pensado que eres una chica increíble, inteligente...
―Oye, no hagas eso.
―¿Qué cosa?
―Enumerar mis cualidades.
―¿Por qué?
―Estás siendo amable otra vez.
―Pero así soy.
―No me gusta. Por lo general, cuando te halagan mucho es porque viene algo peor. ¿O me equivoco?
―Depende.
―¿Por fin te vas a atrever a rechazarme?
―No...
―Entonces, ¿por fin va a admitir que te gustaba?
―Tampoco.
―¿Entonces qué carajos hacemos aquí?
*Este es un ejercicio para intentar economizar el lenguaje en mis diálogos. Me inspire en Colinas como elefantes blancos, de Ernest Hemingway. Lo dejo ahí porque cumplió su función y también por qué no sé cómo carajos cerrarlo.








