domingo, 12 de julio de 2015

Los chicos malos

De la esquina
El tiempo que transcurra en este cono es distinto. Aquí hay silencio, aquí hay vecinos que hacen honor al significado tradicional, aquí hay paisajes, pero también hay violencia, inseguridad. Aparece la negación también, "son de otros barrios, no de acá", pero ya no se acuerdan cuando los invitaban a las fiestas de sus hijos: es increíble e inaceptable ver en qué se han convertido. Llegó a mi casa y los encuentro fumando hierba en la puerta, desde la esquina el miedo me invade, y no puedo evitar recordar las veces que no querían entregarme la pelota, ¿cómo pudieron terminar en esto? Sigo caminando porque necesito entrar a mi casa, entonces planeo una estrategia: caminaré convincente con actitud altanera, quizá podría gritarles "permiso" para reforzar una autoridad que intento instaurar sobre ellos, abriré la puerta y rogaré porque no me sigan, rogaré porque se vayan, rogaré porque hagan algo con sus vidas. Se colocan en las esquinas y se mueven en grupo, hablan alto y con un lenguaje que intento descifrar cada vez que los espío por la ventana; mencionan nombres y trato de memorizarlos para no perder la hilación de sus historias la próxima vez que estén cerca.

De la estación
Cada vez que salgo de la estación, debo ser precavida, guardar el celular, alistar el pasaje, colocar la mochila adelante: debo reflejar que aunque esté bien vestida, no tengo nada de valor. La actitud es un factor importante, siempre mirar a todos lados para que no te crean despistada, para que sepan que no eres nueva en esta zona, para que sepan que sabes que hay ladrones y que sabes cómo enfrentarlos. No ser ostentosa es lo principal: nunca sacar el celular, guardar el reloj, y la billetera. Pienso todo esto mientras bajo las inmensas escaleras, cuando paso la tarjeta sé que la función ha comenzado. Al cruzar la pista toda la gente está junta y cruza en manada, algunos se apresuran y lo hacen antes de tiempo, no soporto eso. Cruzo la pista y ahí está la señora de las golosinas, al costado la señora de los huevos, y luego la señora de los emolientes. Unos pasos más allá, la señora de los panes y finalmente el señor de las yucas, después de ellos están los estibadores, los jaladores: los chicos malos. Reconozco algunos y les busco la mirada para que mi presencia se les haga cotidiana, familiar: ¿qué causa, a tu barrio le va a robar? es la respuesta que tengo instaurada si algún se atreven a hacerme algo, pero primero debo tener algún tipo de contacto. Se pasean por toda la avenida porque el tráfico está de su parte, más que una avenida parece un estacionamiento, los carros no se mueve, se quedan medias horas y si tienes calor te aguantas porque nadie quiere abrir la ventana. ¿Tan horrible es? No lo es, me gusta ver cómo interactúan los que hacen de este paradero su hogar y trabajo. Los chicos malos tienen mucha confianza con la señora de los jugos que a su vez es controladora, bromean con ella, la tratan como una más de ellos. Después, respeta  mucho al señor de las yuquitas, comienzo a sospechar que es uno de los más antiguos ahí. Cuando se avecina otra turba de gente que sale de la estación, estos están al acecho: los distraídos con el celular en mano, las de las carteras ostentosas, las de la billetera en la mano, los que llevan muchas cosas; en verdad hasta ahora no logro averiguar cómo escogen a sus víctimas.


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