El chico de la sombra roja, el de los pies descalzos y piel corrompida lucha por volverse constante en el tiempo. Intenta una mala maniobra: actúa como si nada pasara con el enemigo, quizá porque este es su 'amigo'; entonces, no se le enfrenta, no lo reta porque quiere causar naturalidad como si esta fuera una cualidad que podría usar como defensa. La fuerza en la batalla no es indispensable, la táctica tampoco, lo interesante de este particular enfrentamiento es que el vencedor no será necesariamente el más apto, sino aquel que logre hacer brillar su sombra y con ello deshacer la idea de que a la batalla hay que ir precavido, organizado, mentalizado. A veces, la espontaneidad puede jugar a favor de una de las partes. El chico de la sombra roja, el de los pies descalzos y piel corrompida está convencido de que la fuerza no está en las manos, sino en la facilidad de la palabra.
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