
Implícitamente sabemos que la individualidad debe primar en nosotros: nacemos solos, sufrimos solos, morimos solos. Sin embargo, la parte más humana de nosotros siempre nos reclama compañía. Inevitablemente, estamos condenados al eterno dilema del breve disfrute: sabemos que estar solos no es la mejor opción, por eso nos aferrarnos a la idea de que aunque la compañía no sea eterna, los recuerdos que ella nos dejen sí lo serán y eso, finalmente, se convertirá en el disfrute eterno.








